Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Pío XII enfrentaba dos retos colosales en la recién liberada Francia: el nuevo líder Charles de Gaulle, quería que el papa Pacelli depusiera a 29 obispos franceses y al nuncio Valerio Valeri por haber sido demasiado cercanos al colaboracionista nazi General Petain.

De Gaulle no aceptaría el tradicional saludo de Valeri como decano de los embajadores, el 1 de enero de 1945. El honor recaería en el embajador ruso, primer país en reconocer al nuevo gobierno de Francia. 

Pío XII estaba negado a cancelar a los obispos y nombrar un nuevo nuncio. Pero ante la posibilidad de que el embajador ruso sustituyera al representante de la Santa Sede, cedió. Su primer candidato para sustituir al rechazado nuncio Valeri, Mons. José Fietta, nuncio en Argentina, rechazó el cargo por motivos de salud.

Fue así como el nombramiento para el puesto más prestigioso de la diplomacia vaticana recayó en un oscuro Delegado Apostólico, defensor de los judíos, a quien nadie podía criticar, pues ¡nadie lo conocía!

Los políticos y comunicadores franceses se frustraron en diciembre de 1944, averiguando quién era este desconocido Angelo Giuseppe Roncalli. Desde Roma, sus contactos les respondieron: ¡Un vejestorio!

Roncalli inició con buen pie su relación con De Gaulle. En su saludo reconoció su “sabiduría política” gracias a la cual Francia recuperó su libertad. Su brillante discurso en francés había sido un regalo de despedida del saliente nuncio Valeri, el francés de Roncalli no iba lejos.

Roncalli quedó bien con el defraudado embajador ruso, dedicándole su primera visita oficial. Consolidó su relación con De Gaulle obteniendo que el Vaticano aceptase a Jacques Maritain como embajador francés ante la Santa Sede. Algunos purpurados romanos se sentían nerviosos con el católico Maritain, que hablaba tanto de los derechos humanos.

Durante su nunciatura (1944 – 1953), Roncalli conoció al Cardenal Suhard († 1949), un visionario que captó el derrumbe de viejas certezas ante la violencia nazi. Suhard era consciente de que estaba en juego la credibilidad de la Iglesia. Ella necesitaba arriesgarse y presentar el Evangelio de manera más relevante a la comprensión moderna. Hacía falta derribar el muro que separaba a la Iglesia de las masas. Un brillante dominico, Ives Congar, abogaba por la necesidad que tiene la Iglesia de reformarse continuamente.

En 1950 Pío XII temía esas reformas y novedades (Thomas Cahil, 2002: 140 – 154).