Santiago, quien te vio y quien te ve

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Como en Santiago nací

soy un simple cibaeño 

un provinciano risueño

dichoso de ser así.

En esta tierra crecí

entre sus montes y ríos,

caminos y caseríos,

su cielo, su sol, mi gente:

cariñosa, indulgente …

que abonó mis amoríos.

De las aves su cantío

en la frondosa arboleda,

primavera que se queda

a seducir el estío.

En el florido plantío

en medio de los verdores

bruñido por los ardores

del calor abrasador

un curtido labrador

riega el campo con sudores.

En la plaza los colores:

el fruto de la cosecha,

va la gente satisfecha

y se impregna en sus olores;

preludiando los sabores

de nuestro criollo sazón

suculenta ligazón

de ancestrales ingredientes

castañetean los dientes,

da un brinquito el corazón.

Por las calles al pregón

se ofrecen otros manjares

que incitan los paladares

y en la Fiesta del Patrón:

güira, tambora, acordeón.

En diciembre, tras Adviento,

se celebra el Nacimiento.

En febrero, carnavales;

y al pasar los vendavales,

Pascua de recogimiento.

Se rememora el tormento,

el Calvario, la agonía,

del Señor, nuestro Mesías

-espiritual fundamento-.

Y, el domingo, es el momento:

¡Aleluya! ¡Regocijo!

Ha vuelto de Dios el Hijo.

El Cristo resucitado.

Su cuerpo martirizado

lo venera el crucifijo).

Discurría así la vida

en este valle encantado

que hoy tiembla soliviantado

con el alma conmovida,

alevosamente herida

por la violencia insidiosa,

la debacle lujuriosa

que ha sentado sus reales

y al frente de sus leales

se pasea pretenciosa.

¡Adelante! Laboriosa

gente de nuestra región

dignificante legión

decidida y orgullosa.

¡A la carga! Valerosa,

igual que los andulleros

no dar tregua a pendencieros

ni ceder a su maldad

y vuelva a ser mi ciudad

de los Treinta Caballeros.