Hay algo curioso en la Natividad de la Virgen María: celebramos el nacimiento de aquella que será la Madre de Dios… y el Evangelio no nos cuenta absolutamente nada sobre el momento en que nació. 

En ningún lado encontramos algo como: “Eran las 3:47 p. m., pesó tantos kilos y Joaquín salió corriendo a comprar pañales, mientras Ana la amamantaba…” Silencio total. Y eso es algo muy mariano.

La Iglesia celebra cada 8 de septiembre la Natividad de la Santísima Virgen, nueve meses después de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre – 8 de septiembre). Es una fiesta antiquísima, comenzó a celebrarse en Oriente hacia el siglo VI y llegó a Roma en el siglo VII.

¿Quiénes eran sus padres? La tradición cristiana los llama Joaquín y Ana. Sus nombres y buena parte de la historia de la infancia de María proceden de antiguos textos apócrifos, especialmente el Protoevangelio de Santiago. 

Eso significa que no podemos ponerlos al mismo nivel que los Evangelios canónicos; pero sí podemos reconocer que esta tradición fue recibida y transmitida muy pronto por la Iglesia, especialmente en Oriente.

María nació como una niña aparentemente normal. No hubo trompetas celestiales anunciando: “¡Atención, acaba de nacer la futura Madre del Mesías!”, Dios comenzó su obra en silencio. Y eso nos debería hacer pensar, porque nosotros vivimos obsesionados con anunciarlo todo: post, historia, reel, foto, comunicado, ubicación en tiempo real… Dios, en cambio, comienza las cosas más grandes sin hacer ruido.

El nacimiento de María es la aurora antes del Sol. San Juan Pablo II lo expresó bellamente: “contemplamos en ella la aurora de la Redención, porque de María nacerá Cristo, el Sol de justicia”. (Discurso en la Plaza de España del 8 de diciembre de 1995). 

Por eso la Iglesia no celebra a María como quien celebra simplemente un cumpleaños. Celebramos que, en el silencio de una familia y en la humildad de una niña, Dios estaba preparando la entrada de su Hijo en nuestra historia. Y quizá aquí hay una pequeña lección monástica para nosotros: No todo lo importante hace ruido.

Y eso María nos lo enseña todo el tiempo, de cómo las obras más grandes de Dios comienzan precisamente cuando nadie está mirando: como una vocación, una conversión, una oración escondida. Como ese pequeño “sí” , que aún no ha sido pronunciado pero que puede cambiar una vida entera. 

Piénsalo…

Hasta un próximo encuentro

Desde el Monasterio