Cada 20 de agosto celebramos la solemnidad de nuestro padre san Bernardo, un monje cisterciense, abad, predicador y Doctor de la Iglesia, conocido como uno de los grandes maestros de la espiritualidad medieval. 

San Bernardo de Claraval vivió en un mundo sin Wi-Fi, sin teléfonos y, gracias a Dios, sin grupos de WhatsApp a las tres de la mañana. Pero conocía perfectamente un problema que sigue siendo muy actual: el corazón humano puede convertir cualquier cosa en un amo cuando deja de saber para qué sirve.

Para Bernardo, los bienes creados tenían sentido cuando conducían hacia Dios. No había que despreciarlos, sino ordenarlos. Y aquí aparece una pregunta muy contemporánea: ¿qué lugar ocupa hoy la tecnología en nuestra vida cristiana?

El papa León XIV ha insistido en la necesidad de que el desarrollo tecnológico, incluida la Inteligencia Artificial, permanezca al servicio de la dignidad humana, la verdad y el bien común. Y ahí está la clave: la tecnología debe ser instrumento, nunca señor.

Un teléfono puede hacer que llevemos la Biblia en el bolsillo, transmitir una Eucaristía, anunciar una actividad parroquial, acercar una palabra de consuelo a quien está solo o permitir que el Evangelio llegue a lugares donde quizá nunca entraría un predicador. 

Pero ese mismo teléfono puede robarnos el silencio, dispersar nuestra atención y convertir cinco minutos de descanso en una hora de vídeos de gatos, discusiones políticas y recetas que jamás vamos a cocinar. San Bernardo nos recordaría que el problema no está en tener muchas cosas, sino en no saber para qué las tenemos.

Todos en el mundo actual necesitamos una especie de ascética tecnológica: saber cuándo conectar y cuándo desconectar; cuándo publicar y cuándo guardar silencio; cuándo utilizar la inteligencia artificial como herramienta y cuándo dejar que sea nuestra propia inteligencia la que piense, discierna y rece.

Porque evangelizar no significa simplemente llenar internet de contenido religioso. Significa llevar a la internet la verdad, la belleza, la misericordia y la esperanza del Evangelio.

Quizá hoy la pregunta monástica no sea solamente: «¿Qué hago con mi tiempo?», sino también: «¿Qué está haciendo mi pantalla con mi corazón?»

San Bernardo nos enseñaría a ordenar los afectos. León XIV nos recuerda a ordenar el progreso. Y nosotros podríamos comenzar por algo bastante sencillo: usar la tecnología para acercarnos a Dios y a los demás, sin permitir que nos aleje de ninguno de los dos.

Hasta un próximo encuentro 

Desde el monasterio