Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Al igual que muchos, Roncalli, pensaba en junio de 1940, que la Segunda Guerra Mundial duraría hasta el otoño. Inglaterra estaba sola. Desde Turquía, el futuro Juan XXIII escribía, el 21 de junio de 1940: “Esperemos que la guerra con Inglaterra se acabe pronto… … El General Petain lo dijo muy bien ayer: una de las causas de la derrota francesa fue su descontrolado disfrute de placeres materiales luego de la Gran Guerra. Los alemanes, por su parte, empezaron a exigirse sacrificios y privaciones, por lo cual estaban preparados…” Así se cumplía la parábola de las vírgenes prudentes y las necias.

El mismo cardenal Tardini pensaba que Hitler, preocupado con cualquier movimiento ruso en el este, se entendería con Inglaterra. Atacarla le costaría mucha sangre. “Existe la posibilidad de que Inglaterra, ahora sola y en peligro inminente de ser atacada, preferirá negociar para evitar una catástrofe y una lucha feroz.”

El 12 agosto de 1940, Roncalli sostuvo una larga conversación con Von Papen, embajador alemán en Turquía, y la reportó al Vaticano. Según Von Papen, ”nunca había sido la intención de Hitler aniquilar a Inglaterra, sino más bien obligarla a tener una actitud más razonable hacia Alemania. 

Le apenaría tener que pasar a un ataque a ultranza contra Inglaterra. El ataque va a ocurrir… pero Hitler estaría feliz si luego de los primeros golpes, Inglaterra decidía negociar un acuerdo.” Von Papen le expresó a Roncalli que, ingleses y franceses se engañaban respecto a los recursos de Alemania. Ambos tenían una actitud de desprecio y odio hacia Alemania, disposición que Alemania nunca había tenido hacia ellos.

Hebblewaith consideró que Von Papen encampanaba una chichigua ante los ojos de Roncalli y hasta apuntaba a una posible mediación del papa, que sería bien recibida por los razonables alemanes, a pesar del odio de ingleses y franceses. 

Las fuerzas del catolicismo serían llamadas a colaborar con el nuevo orden. “Luego de la guerra, afirmaba Von Papen citando a Hitler, el catolicismo pasaría a ser un principio formativo del nuevo orden alemán, de la misma manera que Mussolini había dado a Italia el concordato y una legislación social inspirándose en León XIII”.

Cuando el secretario de Estado leyó el informe de Roncalli, lo anotó así: “éste no ha entendido nada” (–Questo a capito niente–) (Hebblewaith, 1985: 167 – 169).