La obediencia de los Tronos

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Camino de preparación para la gran consagración a San Miguel Arcángel

Jimmy Drabczak

«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

En nuestro camino de preparación hacia la Gran Consagración a San Miguel Arcángel, contemplamos hoy al tercer coro de los ángeles: los Tronos. La tradición de la Iglesia los presenta como el coro angélico que contempla de manera especial el señorío de Dios y refleja su justicia. 

Su nombre nos recuerda que Dios es el verdadero Rey del universo y que toda autoridad encuentra en Él su origen. Su misión nos enseña que la verdadera grandeza no consiste en imponer la propia voluntad, sino en obedecer con amor la voluntad del Señor.

Vivimos en una cultura que exalta la autosuficiencia y propone al ser humano como dueño absoluto de su destino. Sin embargo, la Sagrada Escritura nos enseña que la felicidad no nace de hacer siempre lo que queremos, sino de descubrir y cumplir el proyecto que Dios tiene para cada uno. 

La obediencia cristiana no es esclavitud; es la respuesta libre de quien confía plenamente en el amor del Padre.

San Agustín expresó esta realidad con una enseñanza luminosa en La ciudad de Dios. Allí habla de dos ciudades edificadas por dos amores diferentes: «El amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, construyó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo edificó la ciudad celestial». 

En otras palabras, existen dos maneras de vivir: una centrada en el propio ego y otra orientada completamente hacia Dios. 

La primera conduce al orgullo, al deseo de sobresalir y a buscar continuamente el reconocimiento de los demás. Poco a poco, la persona termina convirtiéndose en el centro de todo. Cree que sus intereses, sus opiniones y sus deseos son lo más importante. Casi sin darse cuenta, comienza a organizar su vida como si Dios no existiera.

La segunda nace de la humildad. La persona que vive según Dios reconoce que todo lo ha recibido de Él y comprende que su vida alcanza su plenitud cuando se convierte en servicio. 

Así nacen los padres y madres generosos, los esposos fieles, los sacerdotes entregados, los consagrados perseverantes y tantos cristianos que, silenciosamente, construyen el Reino de Dios poniendo el bien de los demás por encima de sus propios intereses.

La humildad no consiste en despreciarse ni en pensar que uno no vale nada. Tampoco es una falsa modestia. Ser humilde es vivir en la verdad: reconocer los dones que Dios nos ha concedido y, al mismo tiempo, aceptar con sencillez nuestra fragilidad y la necesidad permanente de su gracia.

La Santísima Virgen María es el modelo perfecto de esta obediencia. Con su respuesta al ángel: «Hágase en mí según tu palabra», abrió el camino para la venida del Salvador. Su disponibilidad total a la voluntad de Dios nos enseña que la verdadera libertad consiste en confiar plenamente en el Señor.

También San Miguel Arcángel es un admirable ejemplo de obediencia humilde. Frente a la rebeldía de Satanás, permaneció fiel al Señor. No buscó su propia gloria, sino la gloria de Dios. Su nombre continúa proclamando la verdad que vence toda soberbia: «¡Quién como Dios!»

La consagración que estamos preparando nos invita precisamente a vivir esta actitud. Consagrarnos a San Miguel Arcángel significa pedir su intercesión para vencer el orgullo, el egoísmo y toda forma de autosuficiencia, aprendiendo a vivir como auténticos hijos de Dios, disponibles siempre para cumplir su voluntad.

Compromiso

Hoy realiza un acto concreto de humildad. Escucha con respeto a quien piensa diferente, reconoce un error si es necesario o presta un servicio sin esperar agradecimientos ni reconocimiento.

Oración

San Miguel Arcángel, fiel defensor de la gloria de Dios y servidor obediente de su voluntad, alcánzame la gracia de un corazón humilde. Ayúdame a decir cada día, junto con la Virgen María: «Hágase en mí según tu palabra», para que nunca busque mi propia gloria, sino la del Señor, y que viva siempre con alegría, fidelidad y confianza en su voluntad. Amén.