Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Roncalli, Delegado Apostólico de la Santa Sede ante Turquía y Grecia, se encontraba en Roma el 1 septiembre de 1939 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. El día 5 septiembre conversó largamente con Pío XII. En su Diario escribió: “En Roma, he recibido una acogida extremadamente benévola y reconfortante”.

Camino de Turquía, visitó a su predecesor ahora obispo de Gorizia en Eslovenia.

Desde el santuario de la Madana di Monte Santo contempló un cruento escenario de la Primera Guerra Mundial y luego visitó el cementerio donde “reposaban cientos de miles de soldados”. Le pesaba a Roncalli que la carnicería de la Primera Guerra Mundial parecía encaminada a repetirse, “había destruido lo mejor de la flor de la juventud europea”.

De regreso a Turquía, se ocupó de organizar un comité de ayuda a los refugiados polacos. El 28 septiembre 1939 Polonia capitulaba.

Durante la Navidad, Roncalli se consolaba con la no beligerancia de Mussolini. Le escribía a su familia: “Piensen en tantos pueblos desafortunados envueltos en la guerra: los polacos, los pobres finlandeses, los mismos alemanes y los rusos. ¿Qué saben las tropas acerca de estos asuntos? Ellos sufren y mueren, causando dolor a innumerables familias. Son los líderes los responsables. Ellos son los obstinados y todos son iguales. En Italia estamos bendecidos. Esta vez hay que admitir que –Il Duce– está orientado a actuar por el bien de Italia. Yo creo que esta es la manera con la que el Señor quiere recompensar a los líderes y al pueblo por la reconciliación con Roma”. Se refiere a los tratados lateranos de 1929. Pero la no beligerancia del astuto Mussolini se debía a su análisis realista: no estaba preparado para la guerra.

Europa vivía la “guerra rara”. Y el 10 de mayo estallaba la guerra de verdad. El 10 junio, Mussolini declaró la guerra a Francia. París ya era nazi el 14 junio. Caían las ilusiones de Roncalli, “la guerra es un terrible peligro. Para el cristiano… …yo debo ser el obispo de todos, es decir el cónsul de Dios [expresión aplicada al papa Gregorio, el Grande], padre, luz y aliento para todos. La naturaleza me lleva a desear el éxito de mi querida patria; la gracia me llena más que nunca con el deseo de buscar y trabajar por la paz” (Hebblewaith, 1985: 160 – 165).