William Arias
En el año 180 d. C., Ireneo de Lyon específica que uno de los cuatros evangelios se llama Evangelio de Juan, ya que identifica a ese discípulo que Jesús tanto quería o “Discípulo amado”, con el discípulo de Jesús que en el momento de una cena de pascua, que al parecer fue la última, él recuesta su cabeza en el pecho de Jesús. Aunque algunos señalan que la nominación “Evangelio de Juan” es anterior al señalamiento de Ireneo.
El asunto es que este escrito sagrado sobre Jesús, se sale de los paradigmas propios de los tres primeros, lo cual desde los primeros siglos de la Iglesia ha llamado su atención, como por ejemplo la de San Agustín, que bastante lo comentó y lo utilizó en sus reflexiones, pero resulta que hoy día se ha comprobado que es el más tardío de los escritos sobre Jesús (año 90-59 d. C., y algunos se atreven a llevarlo hasta el 110), llegando a la convicción que Juan no es un relato sobre la vida de Jesús, sino una reflexión acerca de la vida de Jesús, su estructura literaria y su teología aseveran esta interpretación.
Su contexto vital es una comunidad cristiana con varios conflictos, pero con la certeza de que recibió el mensaje de un discípulo muy querido por Jesús: “El discípulo amado”, él es el testigo que transmite el mensaje primigenio, luego la comunidad lo redacta a modo de catequesis, y a la luz de los problemas que va enfrentando en su interior hace un par de redacciones, por eso el Evangelio tiene dos finales.
Algunos dicen que la comunidad joánica, receptora del texto y de sus enseñanzas, era una escuela de misioneros, los cuáles se extienden hasta la comunidad del Apocalipsis y de las tres cartas de Juan. Ahora bien, en el contexto social e histórico dicha comunidad es una comunidad sesionista que se separa del Judaísmo, y en su interior convergen grupos de seguidores todavía de Juan el Bautista, algunos llegados de Samaría y de la naciente gnosis que influyó bastante en los comienzos de la Iglesia.
En su literatura sigue los relatos de milagros de los tres anteriores, aunque los limita a siete, no aparece ninguna parábola, y algunos otros géneros que solo son exclusividad suya, como los Diálogos y las Controversias, unidos a discursos extensos de Jesús que entran en el género de testamentos de personajes famosos al momento de su partida.
El relato de la pasión, en su estructura principal es comparable al de Marcos y al evangelio apócrifo de Pedro, lo que nos lleva a pensar, que el autor del cuarto Evangelio, conoció el llamado “Relato pre-marcano de la pasión”, que tal parece que se escribió en Jerusalén, hacia el 35-45 d. C., y fue lo primero narrado que se escribió sobre Jesús. Pero él proporciona tradiciones muy propias, con relatos exclusivos suyos, lo cual se ve sobre todo en los relatos de la resurrección.
Sobre su teología, ya dijimos que es una interpretación sobre el hecho Jesús, por eso la forma cómo comienza definiéndolo lo dice, pues a Jesús le define como la Palabra encarnada, a lo que muchos llaman una Cristología alta y descendente.
Los discípulos son señalados como los amigos de Jesús, y el principio teológico coyuntural de todo el evangelio es la presentación de Jesús como el enviado plenipotenciario del padre, el Hijo de Dios que ha bajado del cielo (por eso el uso tan frecuente de la palabra Padre), la referencia inmediata de Dios, lo que Dios es en sí a través de él, y el único que puede dárnoslo a conocer.




