Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

El futuro Juan XXIII, Roncalli, también era Delegado Apostólico para Grecia. Su primera tarea: averiguar qué tipo de representación diplomática vaticana Grecia aceptaría.

El Delegado Apostólico anterior había visitado clandestinamente Grecia y recorriéndola en carro luciendo, indiscreto, una bandera vaticana. Roncalli pidió su visa.

Envuelto en averiguar el paradero de los restos de San Demetrio, Roncalli admitía humildemente que todo era posible en el siglo XIII. Se refería a la vergonzosa cuarta cruzada (1202 – 1204) durante la cual, guiados por intereses venecianos, ¡Los Cruzados asaltaron y saquearon Constantinopla! A Roncalli se le erizaban los pelos al notar que los griegos se referían a los católicos latinos como “los francos”, el mismo nombre que usaban los musulmanes para referirse a los cruzados, (al faranj).

Roncalli era italiano, en 1923 Mussolini bombardeó y ocupó Corfú, asesinando a cientos de refugiados griegos. Los griegos no distinguían fácilmente entre los gobiernos de Italia y del Vaticano. La inestabilidad política de Grecia complicaba las diligencias de Roncalli. Le fue bien con el rey, pero en realidad mandaba el General Metaxas. Paciencia. Un año más tarde, en 1937, escribía a su familia: los griegos “me regalan finas palabras… pero temen al papa. Hay que exagerar con la paciencia. Un resbalón puede dañarlo todo”.

Gastó su tiempo visitando a los monjes del Monte Athos. Se enferma y tiene que regresar a Constantinopla. En 1938 escribe a Monseñor Drago: me alegra trabajar en Estambul, porque “aquí puedo trabajar a mi propio estilo, quiero decir, el estilo de la Iglesia que es dos cosas: siempre maestra de todos y moderna, [adaptándose] a las exigencias de los tiempos y lugares.”

El 10 de febrero, 1939 fallecía Pío XI. La elección de Pío XII (2 marzo, 1939) motivó un Te Deum. Roncalli se anotó un tanto: por primera vez un representante del Patriarca ecuménico ortodoxo, Benjamín I, asistió. Roncalli fue a agradecerle y abrazar al Patriarca, quien le saludó pascualmente, en perfecto latín: “Este es el día en actuó el Señor”.

El 22 de mayo de 1939, Hitler y Mussolini firmaban “el pacto de acero”. Todavía Roncalli estaba optimista. En Roma, felicitó a su amigo Montini, nombrado subsecretario de Estado, a quien se le atribuye la frase que Pío XII escribió a Hitler: “nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra” (Hebblewhite, 1985: 143 – 165).