En la Eucaristía, bíblicamente: ¿Estar de pie o de rodillas?

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Primera parte

En estos días se ha puesto en el tapete el tema de si estar de pie o de rodillas, en la celebración litúrgica de la Eucaristía. Para ilustrar un poco, compartimos unos extractos de una entrevista a Liborius Olaf Lumma, liturgista de la Universidad de Innsbruck y especialista en el estudio de las posturas corporales en la liturgia, en lo tocante a la base bíblica de este gesto o postura litúrgica. 

Pregunta: Pero, arrodillarse tiene una base bíblica. También Jesús se postró para orar.

Lumma: Es cierto que existe una tradición bíblica en ese sentido. Pero hay otra tradición bíblica aún más fuerte. Según ella, el ser humano ora de pie, elevando la mirada y extendiendo las manos y los brazos hacia el cielo. La posición erguida es algo característicamente humano y el imaginario bíblico —como ocurre en muchas otras tradiciones religiosas— sitúa a Dios en lo alto, en el cielo, más aún, por encima de los cielos. Por eso, la postura de pie se convierte, por así decirlo, en la postura básica de la oración bíblica. 

El ser humano se sitúa corporalmente entre la tierra y el cielo, tendiéndose hacia Dios. Además, cuando la Biblia habla de arrodillarse, no se refiere exactamente a la postura que hoy conocemos en la Iglesia católica. Lo que describe es más bien la postración completa o una profunda inclinación del cuerpo hasta el suelo, algo que todavía es habitual en las Iglesias orientales y en el Islam, mientras que en la liturgia católica romana aparece con mucha menor frecuencia. En los relatos bíblicos, este gesto de postración está reservado a circunstancias muy concretas: experiencias de culpa, duelo o desesperación, o situaciones en las que una persona queda literalmente abatida por un acontecimiento que la sobrepasa.

Pregunta: ¿Cuál fue entonces el motivo por el que se introdujo el arrodillarse en la Iglesia latina?

Lumma: Que yo sepa, no existe ninguna fuente que lo justifique o explique expresamente. Sin embargo, podemos reconstruir históricamente que, especialmente durante la época carolingia, en los siglos VIII y IX, cuando el cristianismo de Europa occidental fue asimilando cada vez más formas culturales de los pueblos germánicos, se difundió la idea de que arrodillarse constituía una actitud especialmente apropiada ante Dios. Al hacerse pequeño, el ser humano testimonia la grandeza de Dios y lo adora. Parece que llegó a considerarse muy importante arrodillarse con la mayor frecuencia posible. Existen disposiciones litúrgicas de aquella época que prescriben, por ejemplo, arrodillarse durante las palabras de la consagración en la misa, aunque no los domingos.

Pregunta: ¿Por qué razón?

Lumma: Porque, a diferencia de lo que ocurre en alemán, en las lenguas bíblicas no existe una diferencia clara entre «levantarse» y «resucitar». Por ello, la postura erguida se convirtió en una expresión corporal de la fe en la resurrección. El primer Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, prohibió expresamente arrodillarse los domingos y durante todo el tiempo pascual. La idea subyacente era, expresándolo de forma un poco provocadora, que quien se arrodilla no está manifestando plenamente la fe en la resurrección. Sin embargo, con el paso de los siglos, la práctica de arrodillarse acabó introduciéndose progresivamente en la liturgia occidental, incluso los domingos. En las Iglesias orientales, por el contrario, sigue siendo una práctica poco habitual, especialmente durante la celebración de la Eucaristía, porque ésta conmemora precisamente la salvación del ser humano elevado por la fuerza de la resurrección. Arrodillarse o postrarse pertenece más bien al ámbito de la oración personal y espontánea; en la liturgia celebrada comunitariamente sólo aparece en ocasiones específicas.