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Juan Guzmán

Pasé el día lejos de señales electrónicas.

Cuando pregunté el nombre del macizo montañoso que podía ver hacia el suroeste, me respondieron: ¡Periquete!”.

Estaba en territorio del municipio de Restauración, en la provincia de Dajabón.

Bueno, pues alrededor de Periquete, con tendencia nor-noreste, se extienden unas 2800 tareas de doseles, troncos y biomasa maravillosa, entre caobas, pinos, gayumbos, cedros y otras especies.

La dedicación de algunos que miran al futuro, contrasta con otros que demandan respuesta inmediata de la naturaleza, sin importar el sacrificio de los recursos.

Este entorno en las pendientes onduladas de la altura montañosa, con un nombre tan peculiar como Periquete, también contrasta con el criterio generalizado de una región fronteriza en decadencia de recursos. Este concepto pierde validez cuando podemos observar las extensiones forestales, resultado de décadas de estudio, planificación, inversión de recursos financieros y humanos.

El aporte que se genera desde este espacio lejano de los centros urbanos, al equilibrio ambiental es inmenso: Captura de carbono, generación de oxígeno, creación de nichos para la diversidad en todos los órdenes, desde aquella que convive con el suelo hasta la que utiliza el aire como vehículo.

Cedros con troncos de 130 pulgadas de circunferencia, pinus occidentalis con más de un siglo, contados por historias familiares de testimonio ancestral.

La tierra rojiza de las laderas del Periquete alimenta reservas forestales, fuentes de agua, avifauna y un accionar humano discreto, que afana entre la ciencia y el músculo, transformando el esfuerzo en un manto de clorofila y vida que mueve a la esperanza.