La sabiduría que florece al final del camino

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Mary Esthefany García

hojuelasdeesperanza@gmail.com

Desde España/ Área: Pastoral de la Salud

Cuánta sabiduría se encierra en las experiencias de vida que nos comparten las señoras a quienes, en su mayoría, acompañamos en el hospital. Son testimonios sencillos y profundos, forjados en el paso del tiempo, el dolor, la esperanza y la fe. 

Recuerdo especialmente a una mujer de 101 años que, con serenidad admirable, decía: “Estoy preparada para cuando Dios me llame a irme”. No lo decía desde el cansancio, sino desde un corazón lleno de gratitud. Su memoria estaba colmada del recuerdo agradecido de todos los momentos en los que Dios había caminado junto a ella, incluso —y quizá sobre todo— en el sufrimiento. 

A sus 101 años se mantenía firme en la fe, con la certeza de haber hecho lo que le correspondía: amar, servir, perseverar. Hablaba con alegría y con un agradecimiento profundo, aun en medio de la enfermedad, enseñándonos que la paz no depende de la ausencia de dolor, sino de la confianza en Dios.

¡Cuántos quisiéramos vivir así, y especialmente llegar de ese modo a los últimos años de nuestra vida! El agradecimiento es un don que embellece el alma y la dispone para el encuentro definitivo con el Señor. Ella lo repetía con convicción: “Quien no nace agradecido no es un buen nacido”. Y en esas palabras sencillas resonaba una verdad evangélica.

Como nos recuerda la Escritura: “Den gracias a Dios en toda ocasión, porque esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5,18).

Oración final

Señor, enséñanos a vivir con un corazón agradecido, a reconocerte en cada etapa de nuestra vida y a confiar en Ti, especialmente en la enfermedad y la fragilidad. Danos una fe firme, una esperanza serena y un amor agradecido, para que, cuando nos llames, podamos ir a tu encuentro en paz. Amén.