Lic. Jose Miguel Portes

Muchos cristianos viven anclados en una fe de Calvario: una fe marcada por la culpa, el pecado y el sentimiento constante de indignidad. Es una espiritualidad donde la persona se percibe a sí misma  como “mala”, insuficiente, lejana de Dios. Su mirada está cargada de baja autoestima espiritual, olvidando que es, ante todo, una creación buena, hecha con amor por el Padre.

Esta forma de creer no surge de la nada. En parte, nace de una historia en la que se ha presentado a Dios con rasgos profundamente humanos: un Dios que castiga, que cobra, que lleva cuentas, que se ofende y exige reparación. Un Dios poderoso, sí, pero también distante, rígido y, a veces, temido más que amado.

Sin embargo, la Resurrección nos revela otro rostro de Dios.

Nos muestra a un Dios cercano, amoroso, incluso vulnerable en su forma de amar. Un Dios que no abandona, que camina con nosotros en cada decisión, incluso en nuestros errores. Un Dios que no juzga para condenar, sino que acompaña para levantar; que no suelta, sino que sostiene; que no humilla, sino que acoge y abraza.

Y, sin embargo, nos cuesta creer en ese Dios.

Quizás por eso vivimos con más intensidad la Cuaresma que la Pascua. Las iglesias se llenan en el tiempo del sacrificio, del dolor y la penitencia, pero el gozo de la Resurrección no siempre se vive con la misma fuerza. Creemos en la muerte porque la vemos, la sentimos, la experimentamos. Pero la Resurrección nos desafía: exige esperanza, confianza, apertura del corazón… y eso nos genera cierta resistencia.

Hay en nosotros una tendencia a sentirnos indignos, a instalarnos en la culpa. Pero esa visión no está dando fruto pleno. Es necesario un cambio de mirada.

El ser humano no es malo por esencia. Es bueno por origen. Lo que necesita no es condena, sino transformación. No es rechazo, sino orientación. No es miedo, sino amor que lo eleve.

La verdadera conversión no nace del castigo, sino del encuentro con el amor.

Por eso estamos llamados a dar un paso: dejar atrás una fe centrada únicamente en el Calvario y entrar en la alegría viva de la Resurrección. Una fe que no niega la cruz, pero que no se queda en ella. Una fe que reconoce el dolor, pero proclama que la vida tiene la última palabra.

Porque si no damos ese paso, si no abrazamos la Resurrección como el centro de nuestra fe, entonces —aunque no lo digamos— estaremos dejando que la muerte tenga la última palabra.

Y no es así.

Cristo ha resucitado. Y con Él, también nosotros estamos llamados a vivir desde la dignidad, la esperanza y el amor.