Padre José Eduardo Reinoso

Hace apenas tres meses fui ordenado sacerdote junto a cinco compañeros. A poco tiempo de iniciar el ministerio, viví la Cuaresma como un verdadero tiempo de gracia, especialmente al sumergirme en el servicio pastoral, visitando enfermos y administrando el sacramento de la reconciliación. 

En este servicio he descubierto la belleza del sacerdocio: aunque el cansancio se hace presente, la satisfacción de cumplir con la misión es mayor, y duele más ver a alguien marcharse sin confesarse que el propio agotamiento.

La celebración de la Eucaristía ha sido otro pilar fundamental, procurando vivirla con calma y profundidad, contemplando el misterio de Cristo presente en el altar.

El Jueves Santo viví con gran emoción mi primera Misa Crismal, celebrada en la parroquia Espíritu Santo en La Vega, renovando mis promesas sacerdotales junto al obispo y mis hermanos sacerdotes. Fue un momento de alegría compartida con mi familia y la comunidad. 

Ese mismo día iniciamos el Triduo Pascual con numerosos jóvenes y celebré la Cena del Señor en dos comunidades.

El Viernes Santo, aun bajo la lluvia, participé en el viacrucis junto al pueblo fiel, signo de una fe viva que anima la vocación. Luego, en medio del cansancio, continué confesando, con la esperanza renovada al ver tantos jóvenes acercarse al sacramento.

El Sábado Santo estuvo marcado por la preparación y celebración de la Vigilia Pascual, donde bauticé por primera vez, en medio de la alegría pascual. 

Finalmente, el Domingo de Resurrección celebramos una Eucaristía llena de gozo, donde la comunidad expresó con entusiasmo que Cristo ha resucitado.

Esta experiencia me confirma que la Eucaristía, la oración, la Palabra de Dios y el servicio sostienen la vida sacerdotal. Aun con el cansancio, prevalece la alegría de servir.