Padre Jimmy Drabczak

Hay momentos en la vida en los que todo parece terminar. Hay situaciones en las que el corazón humano solo puede decir: “se acabó”. Se acabó la esperanza, se acabó la fuerza, se acabó el sentido. Eso mismo vivieron los discípulos el Viernes Santo. Para ellos, todo había terminado. Jesús, en quien habían puesto su fe, estaba muerto. El mundo también lo decía: “se acabó con Él… y con ustedes también”. 

Esta lógica no es nueva. A lo largo de la historia, muchas veces se ha proclamado el fin de la fe, el fin de la Iglesia, el fin de Cristo. Incluso en momentos concretos, como el atentado contra Juan Pablo II en 1981, algunos gritaron: “todo terminó”. Esa voz ha acompañado al cristianismo desde el inicio: poner una piedra sobre el sepulcro y pensar que ya no hay salida. Pero el Evangelio del Domingo de Pascua (cf. Mt 28,1-10) rompe completamente esa lógica. Las mujeres van al sepulcro con perfumes, no con esperanza. Van a cerrar una historia, no a comenzar otra. Sin embargo, sucede algo inesperado: hay un terremoto, la piedra es removida… y aparece un ángel del Señor. El ángel no es un adorno del relato. Es la voz de Dios en medio de la oscuridad humana. Y su mensaje es claro: “No tengan miedo… ustedes buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado”. 

Aquí se produce el gran giro. Cuando el hombre dice “se acabó”, Dios envía a sus ángeles para decir: “esto apenas comienza”. El ángel corrige la mirada. Las mujeres buscan en el lugar equivocado: en el sepulcro. Y cuántas veces nosotros hacemos lo mismo. Buscamos vida donde hay muerte, buscamos sentido en lo que ya está terminado, nos quedamos atrapados en nuestras derrotas. Pero la Pascua es una ruptura total: Cristo no permanece en el sepulcro. Cristo vive. Y con Él, todo cambia. 

En la espiritualidad de la Congregación de San Miguel Arcángel, sabemos que los ángeles participan activamente en la historia de la salvación. No son figuras lejanas. Son mensajeros que nos sacan de la oscuridad. Y junto a ellos, San Miguel Arcángel proclama la victoria de Cristo sobre el mal. Lo que parecía el final, era en realidad el comienzo. 

Esta es la clave para nuestra vida. Muchas veces decimos: “se acabó”: cuando una familia se rompe, cuando la enfermedad llega, cuando la fe se debilita, cuando un joven se aleja de Dios. Pensamos que ya no hay salida. Pero la Pascua nos dice lo contrario. Dios actúa precisamente allí donde todo parece perdido. El sepulcro no es el final: es el lugar donde Dios revela su poder.

Y esta verdad toca directamente nuestra vida bautismal. En el Bautismo fuimos sumergidos en la muerte de Cristo, pero también fuimos levantados con Él. La conversión bautismal es vivir como resucitados, no como derrotados.

Hoy la Iglesia nos invita a escuchar la voz del ángel: a dejar de vivir como si todo estuviera perdido, a no buscar entre los muertos al que vive, a creer que Dios sigue actuando. Porque el mundo puede decir: “se acabó”. Pero el cielo responde con fuerza: ¡Cristo vive!

Felices Pascuas de Resurrección.