Padre Jimmy Drabczak

Después del desierto viene la montaña. El Evangelio del Segundo Domingo de Cuaresma (Mt 17,1-9) nos conduce al Tabor, donde Jesús se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Su rostro resplandece, sus vestiduras se vuelven blancas como la luz, y los discípulos contemplan, por un instante, la gloria que normalmente permanece velada.

La Cuaresma no es solo combate. También es revelación.

En el Tabor se escucha una voz clara: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo”. La luz no es espectáculo; es confirmación. Antes de la cruz, Dios muestra la meta. Antes del sufrimiento, revela la gloria.

En medio de una sociedad marcada por incertidumbres, tensiones y búsquedas, el cristiano necesita esa experiencia de claridad. Sin luz interior, la fe se vuelve rutina. Sin visión, la misión se debilita.

El pasado 15 de febrero, durante el IV Encuentro de Feligreses Miguelitas, celebrado en la Parroquia San Antonio de Padua, Los Alcarrizos, una llamada a redescubrir la identidad bautismal, vivió bajo el lema nacional: “Bautismo y sinodalidad: camino hacia la santidad”. No fue simplemente una consigna, sino una invitación a subir al “Tabor” de nuestra propia fe.

El Bautismo es precisamente eso: la revelación de quiénes somos. En el Bautismo recibimos una luz que no se apaga. Somos hijos en el Hijo. Pero esa dignidad no es estática; exige escucha, conversión y compromiso.

La proclamación que sostiene la espiritualidad miguelita —¡Quién como Dios! — encuentra aquí un sentido aún más profundo. No es una reacción defensiva; es una contemplación. Cuando Pedro contempla la gloria de Cristo, comprende que nada puede compararse con Él. ¡Quién como Dios! es la respuesta del corazón que ha visto la luz.

El nombre de San Miguel Arcángel contiene esta afirmación. San Miguel no solo representa combate; representa fidelidad ante la grandeza de Dios. Su misión es custodiar el señorío divino. En tiempos donde tantas voces buscan ocupar el centro, su nombre nos recuerda que solo Dios es absoluto.

El Beato Bronislao Markiewicz comprendió que la contemplación debía traducirse en acción. Por eso propuso Templanza y Trabajo como camino de madurez. La luz del Tabor no es para quedarse allí; es para descender a la vida cotidiana con mayor claridad.

Trabajo espiritual: fortalecer la vida interior.

Trabajo intelectual: formar conciencia.

Trabajo de servicio: transformar la realidad con responsabilidad.

Sin experiencia de Dios, el servicio se agota.

Sin formación, la misión pierde dirección.

Sin disciplina, la comunidad se debilita.

La Transfiguración termina con una orden sencilla: “Levántense y no tengan miedo”. La experiencia de la luz no elimina la cruz, pero da fuerza para afrontarla.

Hoy, nuestra Iglesia y nuestra sociedad necesitan cristianos que hayan subido al Tabor: personas que sepan quiénes son, que escuchen a Cristo y que bajen de la montaña con responsabilidad y esperanza.

La Cuaresma no es una oscuridad permanente. Es camino hacia la Pascua. Y cuando el corazón ha contemplado la luz, solo puede proclamar con certeza luminosa: ¡Quién como Dios!