Políticos, honestidad, riqueza y pobreza

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Hace días el artista Sergio Vargas causó revuelo al afirmar que “poner a un pobre ad­ministrar fondos públicos es como poner un gato a cuidar carne”. Es posible que sus pa­labras hayan sido malinterpretadas, pero lo dijo.

El merenguero fue crucificado por la opi­nión pública, pues mezcló la ética con las condiciones económicas de la persona. El tema alcanzó mayor vigencia por el mo­mento poselectoral que vivimos y por la posición política de Var­gas.

Yo prefiero decir: “Elegir a alguien sin trayectoria en el bien, honestidad, capacidad y vocación de servicio para que administre fondos públicos, es igual que colocar un gato a cuidar carne”. Ricos y pobres hemos tenido por montón mal administrando el era­rio; y de igual manera pobres y ricos han da­do cátedras de seriedad manejando recursos públicos.

La diferencia está en la integridad, no en si llega con los bolsi­llos llenos o vacíos. Resalto que ser desho­nesto no es solo tomar lo ajeno, es, además, asumir un puesto sin estar preparado. Al que no le importa su buen nombre, al que le es indiferente ser una ver­güenza para su familia y allegados, al que prefiera dormir atormentado que estar en paz consigo mismo, a todos esos, sean hijos de Machepa o Tutum­potes, los veremos condenados por el juzgador divino y tal vez también por el terrenal.

¿Cuál es el político que prefiero? El término “servicio” debe estar tatuado en su sien y en su alma, por ello lo mencionaré bastante. Creo en el político que en su niñez o juventud ha participado en grupos de apoyo a la comunidad, clubes deportivos, voluntariados, espacios cultura­les o de formación aca­démica. El político que llega a un cargo público sin esa base reprueba el examen y lo su­frirá el pueblo.

Nadie aprende a servirle al otro de la noche a la mañana y tampoco esa materia se estudia o se compra en cualquier esquina. “Servirle al prójimo” es un estilo de vida que nace y se desarrolla temprano en nuestras conciencias y corazo­nes y debe ser alimentado con frecuencia para que no se debilite o incluso desaparezca.

Me alegro que Ser­gio Vargas haya altera­do a muchos con su frase. Podemos aprender bastante de ella, en especial, resumiendo, estar claros, con una convicción de acero, de que  la honestidad en la política no tiene que ver con “tener o no tener”, pero sí con “ser o no ser”.