Otros recuerdos de las aulas

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Quizá por esta misma convicción, cuando todavía era seminarista, me asombré al oír que uno de teología, hablando conmigo respecto a su obispo lo llamó “cabrón”. A pesar de mi espíritu crítico de entonces, jamás me creí capaz de llegar a ese extre­mo. Por eso me asombró tanto. Años después, ya sacerdote, al oír a un sa­cerdote (e. p. d.) hablando mal del obispo delante de mis Padres, lo hice callar al instante y luego, a solas, le recriminé su actitud irrespetuosa.

En la Filosofía, mis notas dejan qué desear. Probablemente debí esforzarme más, aunque ya he dicho que en la Teología me sentía más en mis aguas, y las calificaciones lo re­flejan. Aunque es también probable que la efervescencia social, y algún compromiso fuera del seminario, le restaran a la solidez de esos estudios. Otra cosa es lo ya dicho respecto a mi reingreso, fuera de ciclo, después del segundo año de teología, teniendo que llevar por tutoría varias asignaturas.

En Teología aprecié mucho a los Padres José Saco, Jesús Veiga, José Perez, Jesús Santiso, Secundino Mar­cilla y los ya mencionados. Valoré mucho un curso de Sagradas Escrituras que nos dio el Padre Enrique Sanpedro. Con el Padre Arnáiz no me tocó ninguna clase, pero he dicho que  sus citas en grie­go, en las homilías, aunque parecieran “greguerías”, me fueron muy útiles en la Gregoriana de Roma, en mis estudios de Teología Bíblica.

No recuerdo el número de alumnos; pero, aunque variable, el grupo nunca fue grande. Ya tampoco re­cuerdo mucho de las aulas en ese tiempo. Solo una que otra reprimenda de algún profesor. Como el que le dijo a voz en cuello a un compañero mío, actual sacerdote: “¿Pero es que tu mente no va más allá de Cotuí?” Se debió a una intervención de este seminarista (que no era de Cotuí) durante su clase.

Yo apreciaba a este profesor; un día tuve la confianza de comentarle que no entendía cómo muchos euro­peos se insultaban de palabra y luego andaban como si nada. El me contestó de forma un poco dura que lo que no entendía era cómo aquí no decían nada, y luego te clavaban el cuchillo. Me sorprendió su respuesta. Puede ser que tuviera algo de razón, pero creo que el buen profesor andaba un poco en crisis, pues luego dejó el ministerio sacerdotal y se casó. Tengo entendido que ha permane­cido desde entonces en Santo Do­mingo, por lo que, al parecer se ha aclimatado a nuestro ambiente de cuchillos silenciosos…

Hubo un tiempo en que algunos seminaristas salían mucho del Semi­nario, sobre todo a la zona de Mata Hambre; varios eran habitués de La Cotica, una especie de cafetería o barra. Yo mismo llegué a ir alguna vez, acompañando a alguno de los que tenían buenos amigos en esa área.

Recuerdo bien un seminarista que usaba mucho Brut de Fabergé, un desodorante o perfume muy fuerte que, combinado con camisa de po­liéster, emanaba un vapor mortal; no sé dónde pasaba más tiempo este hermano, si en Mata Hambre o en el Seminario. Este fue uno de los seminaristas que acordaron hacer un trabajo en equipo para alguna asigna­tura del Seminario; Normando Mus­tafá era uno de ellos, y a él le escuché el cuento. Quedaron de encontrarse para presentar finalmente el aporte de cada uno al trabajo común. Cada uno fue presentando lo suyo, y  cuando tocó el turno al usuario del Brut, dijo que había estado trabajando intensamente el tema, y anunció que haría su exposición. Metiéndose la mano en un bolsillo, sacó un pape­lito de caja de cigarrillo, y se dispuso a presentar los enjundiosos y amplios resultados de su investigación…

Problema de ese tiempo en las aulas, solo recuerdo uno. Se trata de que uno de los profesores decía cosas jocosas, y era común que provocara alguna risa en el grupo. Ese día las dijo y nos reímos. Pero el profesor se puso rojo como un tomate y empezó a reñir. Al principio no sabíamos contra quien, pues varios nos reímos: “¡Soez, vulgar…!”, decía.  (Entendió que nos reíamos por haber tomado en mal sentido una palabra que él había pronunciado reiteradamente). Llegó un momento en que ya no tuve dudas de que el fuego iba dirigido contra mí.

Continuó la clase y, cada vez que se acordaba, mandaba otra andanada con fuego creciente. Cuando terminó la clase me fui directamente a la Rec­toría; le expliqué al Rector lo sucedido y este me tranquilizó diciendo: “No te preocupes, que es neurótico”. Ahí quedó todo, pues luego vino incluso el examen, y aprobé la asignatura.

Aunque las butacas eran muy duras y las horas finales fuertes, ten­go buenos recuerdos de las aulas y de los compañeros de ese tiempo, que los había también de comunidades religiosas: msc, claretianos, salesia­nos…

Y he valorado más el aporte de los profesores después que he tenido que ocupar el lugar de alguno de ellos. ¡Quién diría que me tocaría impartir, por ejemplo, algunas de las asignaturas del querido Padre Veiga!