¡Ojo con las informaciones que recibimos y damos!

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Vivimos momentos donde la susceptibilidad y el favoritismo pueden atrapar a los que buscan incidir en la opinión pública, especialmente porque cohabitan hechos y dramas de cierta im­portancia. También suelen contagiar de apasionamiento a quienes reciben sus informaciones, que a veces las comentan con la misma intensidad de quienes las en­vían.

En estos días recibi­remos muchas noticias de nuestra simpatía o desagrado. En ambos casos debemos ser muy cautelosos y prudentes antes de darlas por ciertas. Siempre analicemos la fuente. Es difícil que una persona o empresa que tenga un nombre que perder se arriesgue a mentir a propósito, quizá se equivoque, pero eso es distinto. Además, nuestro olfato tiende a decirnos si algo es creíble o no.

¡Triste es sucumbir a la tentación de promover sucesos que no existieron o que nos los hicieron llegar de for­ma errada! Incluso, no hemos escapado a dar crédito a improperios que mentes mezquinas lanzan a los demás. Vivimos en un mundo, como nos dijo recientemente el papa Fran­cisco, donde impera la “cultura del insulto” y que “hoy está de moda lanzar adjetivos”. No seamos parte de esa condenable moda.

Resalto ahora lo de la libertad de expresión, sea o no perio­dista el que la ejerza.

En “Charlas de Café”, de don Santiago Ramón y Cajal, leí: “Cuando veáis un escritor que se mete con todo el mundo, es que aspira a que todo el mundo se meta con él. No habiendo conseguido ser admirado, an­hela ser temido”.

Aun­que se refiere a los escritores, lo asimilo también a todos los que están en los me­dios de comunicación y a los que participan en las redes sociales.

La libertad de ex­presión tiene sus lími­tes. Este derecho fundamental debe ser asu­mido con seriedad, ape­gado a la verdad y respetando la dignidad del prójimo. En caso contrario, como por ejemplo la difamación, se convierte en “expresión de libertinaje”, en algo injusto y aborrecible, que denigra en pri­mer lugar, y muchas veces de manera exclusiva, a quien la usa in­correctamente”.

Comunicar representa una responsabilidad muy grande, tenga el autor experiencia o no en ese arte. Seamos cuidadosos antes de prestar oídos a todas las informaciones que nos llegan y no seamos promotores de algo que no estemos segu­ros de que sea verdad, porque la verdad, tarde o temprano resplandece, íntegra, audaz, potente y feliz.