Miembro del Equipo Sacerdotal de la Zona Pastoral de Imbert

0
68

Había campos a los que nos aventurábamos a entrar en los vehí­culos (camionetas sencillas), que­dándonos frecuentemente atascados en el lodo. Eso me sucedió una vez que fui a celebrar la Misa mensual a Gualete, de Mamey. Bajé la cuesta fangosa y me presenté en la comunidad. No esperaban al sacerdote y, además, me dijeron que tratara de salir pronto, pues la lluvia iba a seguir; de hecho estaba muy nublado. Corrí lo más rápido que pude y llegué a la cuesta. Hice varios intentos, y no pude subir; incluso le metí algunas piedras atrás, para que hi­cieran peso a la camioneta (ninguna tenía doble diferencial). Cuando ya caía la noche y me disponía a dejar la camioneta abandonada en lugar totalmente solitario para continuar a pie (hasta Mamey serían unos quin­ce kilómetros), apareció un señor con varios de sus hijos. No se alcanzaba a ver casa por ningún lado. Se pegaron a la camioneta por todas partes, y me subieron hasta arriba, no sin antes llenarse de lodo por todo el cuerpo. Les pedí excusa y les pregunté cómo podía yo agradecerles. El papá me dijo que no tenía que darles nada, que me oyeron pasar y, cuando al regreso sintieron el zumbido del vehículo, les dijo a sus hijos: “Vamos, que ese fue el Padre que le dijo la Misa a mi mamá”. Por supuesto que no logré saber de quiénes se trataba, pero bendije a Dios mil veces por ellos, que no olvidaron a su padre.

A nuestra vida ministerial ni siquiera le faltaban bromas. Había algunas damitas detrás del padre­cito joven, que era yo. Por supuesto, nunca he sido un Adonis (Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido…, diría el Retrato de Ma­chado), pero se sabe que hay una mona para cada mono… No crean que eran muchas, pero llamaban por teléfono, enviaban recados, papelitos, regalitos… Creo que quien más disfrutaba todo esto era el Padre Timoteo, sobre todo por lo pinto­resca que era alguna de las candidatas que me pretendían…

Dios me ha cuidado mucho, pues poco o nada afectó esto mi vida, porque yo estaba en lo mío, es decir, en mi vocación. Ya, de seminarista, experimenté algo semejante. Fui, por ejemplo, a una comunidad a dar un cursillo de catequesis, y una joven (que me parecía elegante), me envió un recado: que yo saldría de ese lugar si quería. Estaba dispuesta a quedarse conmigo. Yo me quedé como si nada. Estaba totalmente entregado a lo que hacía. (Esta joven fue por lo menos algo discreta, pues en algún otro lugar había recibido propuestas muy explícitas). Dios me ha ayudado, no hay duda. La desgracia me ha llegado cuando yo le he complicado las cosas a Dios. Pero ese es otro plañir… Por ahora diré que felicidad en mi vida siempre se ha escrito con la misma f de fidelidad. (Y he escrito la desgracia con i de infidelidad).

Hasta llegar a Imbert no había escrito casi nada de poesía; después del primer intento, una navidad en San Pío X, escribí poco, y algo en broma. Escribí en Santo Tomás unas irónicas cuartetas anónimas que se referían a un tema muy ­reiterado por uno de mis compañe­ros. Todo el mundo se paraba en el mural a reírse con las cuartetas: aunque yo no mencionaba el nombre, todos sabían de quién se trataba; hasta que llegó el aludido y las llevó al Rector (P. Somoza). Al día siguiente colocaron en el mural otra especie de poesía que iba directo al hígado; era un libelo, lleno de ata­ques personales dirigidos al mismo seminarista. Como vi que se complicó mucho la cosa, fui a donde el seminarista, que era mi amigo, y le dije: “Las de ayer son mías, pero éstas no sé de quién son”. Me dijo que no esperaba eso de mí… “Sólo se trataba de que nos riéramos un poco…”–le dije. Gracias a Dios, la cosa no pasó de ahí.

En Santo Tomás escribiría, a pe­tición de Lorenzo Vargas, Sacer­dote para qué, texto al que Giovan­ni Liriano le puso la música de una salve de La Victoria: Y tú siendo sacerdote, seguirás ese camino… Lo puse en mi recordatorio de orde­nación, y al verlo el Padre Richard Bencosme, me preguntó si era de mi propia cosecha, y tuvo unas breves palabras de elogio.

Por la Zona de Imbert, Luperón, Altamira y Mamey nació el libro que inadvertidamente titulé Sobre la marcha, y luego llamé Libro de las huellas (1985).