Liturgia en tiempos de aislamiento social

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PRIMERA PARTE

 

  1. Esta inusual situación

 

Este acontecimiento que, sin lugar a duda, ha comenzado por marcar el presente año, cambiará la vida de todos. Esta situación quiéra­sele (o no) llamar «Pande­mia», los especialistas sa­brán, ha desencajado nuestra manera habitual de vivir y de ver el mundo.

En cuestión de días, en diversos países, los miles de contagiados y fallecidos han sido el centro de las noticias, y eso ha creado pánico y ­terror. Estamos ante una realidad contagiosa, sin cura todavía descubierta, que nos asecha y que nos ha obligado a un «aislamiento social» o cuarentena que a la larga tendrá también seguramente sus repercusiones no solo sociales sino también psicológicas.

Por ejemplo, la pérdida de un ser querido en condiciones normales es de por sí dolorosa. Imaginemos aho­ra, con las medidas justamente impuestas por las autoridades, ni siquiera poder acompañar, hacer acto físico de presencia, de apo­yo, de consuelo, con un proceso de luto que se abre y se cierra en cuestión de horas, sin el acompañamiento ni siquiera espiritual, es de por sí mucho más doloroso.

La vivencia comunitaria de la fe es -y ahora lo perci­bimos mejor- fundamental de nuestras vidas. Poner nuestra mirada en lo trascendente, en lo divino, debe ha­cernos reflexionar seria­mente en estos días.

El aislamiento social, impuesto como medida preventiva, para evitar un contagio que ponga más en riesgo la vida de las personas, ha interpelado también la vivencia de la fe, y, en el caso concreto de los católicos, la vivencia que se ex­presa en la Liturgia y los sacramentos.

Ha llamado poderosamente la atención observar al papa Francisco, en la Plaza o en la Basílica de San Pedro totalmente desierta o con apenas unas pocas decenas de fieles, en la celebra­ción de los ritos de Semana Santa y, específicamente, del Triduo Pascual

Esta situación actual se­guramente nos desafía e in­terpela como Iglesia. ¿Qué hacer? ¿Qué está haciendo la Iglesia en nuestro país estos días? ¿Qué hará? Son algunas de las preguntas que he oído y que comentamos -incluso con inquietud- fieles y pastores. Sobre el «hacer» (asistencia social), sin lugar a equivocarse, la Iglesia ha estado y seguirá estando silenciosamente asistiendo, llevando y sirviendo a los más necesitados para tengan con qué sobrellevar esta angustiosa situación.

La Iglesia lo ha hecho, lo hace, y seguirá haciendo sin mucha o ninguna publicidad. Por otro lado, la Iglesia tiene una misión a la que no puede renunciar, y es la de evangelizar, y llevar y faci­litar los medios de salvación (sacramentos) a los fieles. Dos sacramentos, en especial, han llamado la atención: la Eucaristía y la Con­fesión. Unas líneas a cada uno de esos sacramentos pueden ayudarnos.

 

  1. ¿Templos cerrados y sin Misa?

 

Con mucha probabilidad -ya que el estado de aisla­miento social en nuestro país fue decretado prácticamente en vísperas de la Se­mana Santa, momento culmen del año litúrgico, que moviliza mucho a los fieles, desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resu­rrección-, en lo espiritual, la celebración de la Misa fue la primera cosa que a los cató­licos le vino a la mente.

¿Quedaban suspendidas las Misas y cerrados los Templos? En Roma, la dió­cesis del Papa, por ejemplo, el cardenal Angelo De Do­na­tis, Vicario General, en un Decreto (Prot.N.468/20), de fecha 12 marzo, disponía entre otras cosas que «Hasta el viernes 3 abril del 2020 el acceso a las iglesias parroquiales y no parroquiales de la Diócesis de Roma, abiertas al público (cf. Can.1214 ss C.I.C.), y en general los edificios de culto de cual­quier género abiertos al pú­blico, viene prohibido a los fieles» (traducción mía).

Ante el estupor y asombro que creó tal medida el mismo cardenal al otro día, también con un decreto (469/20), expresó los moti­vos de un cambio de la de­cisión, dejando sin efecto tal prohibición y poniendo en manos «de los sacerdotes y de todos los fieles la responsabilidad última del ingreso a los lugares de culto, en modo tal de no exponer a algún peligro de contagio la población, y al mismo tiempo evitar el signo de prohibición física de acceso al lugar de culto a través de la clau­sura del mismo, la cual po­dría crear desorientación y mayor sentido de inseguridad» (traducción mía).

En nuestro caso dominicano, no es ociosa la pregunta. Antes del discurso del Presidente, con frecuencia entre sacerdotes, nos preguntábamos lo mismo. Me resultó curioso que, en su discurso (17 marzo), el Primer mandatario de la Nación enumeró una serie de actividades que quedaban suspendidas: llegadas de cruceros, do­cencia, eventos y concentraciones (espectá­culos públicos, eventos culturales, artísticos, deportivos, así como la actividad en bares y discotecas, entre otros), restaurantes, mercados de pulga, y binacionales, actos proselitistas electora­les, actividades comerciales (con algunas excepciones).

Cuando escuché el discurso me quedé esperando, por su­pues­to, la mención de actos de tipo religiosos y no la encontré, porque al respecto no dijo nada. Entonces ¿por qué se «cerraron las iglesias» y se decretó la celebra­ción de los actos litúrgicos sin presencia de feligreses?

A la segunda parte se podrá perfectamente responder que estos actos son «concentraciones» de personas y eso favorece el contagio; sin embargo, los supermercados y otros lugares permiten esa aglomeración de personas que, guardando todas las debidas medidas de higiene y distancia, no representan un foco de contagio. ¿No se podía hacer así en las iglesias?

Las autoridades eclesiales competentes, o casi todas, para sus respectivas diócesis o Iglesias particulares (Ordinariato castrense) dieron la indicación que las distintas celebraciones de Semana Santa serían sin la «participación de fie­les».

La primera parte de la pregunta sobre «ce­rrar» los templos, no está en ningún lado escrito, a menos que pensemos que los templos se abren solo para actividades litúrgicas y Misas. La Conferencia del Episcopado Domi­nicano, ni ningún obispo, decretó el cierre de las iglesias.

Mi parroquia, por ejemplo, ordinariamente está siempre abierta de 7:00-12:00 y de 2:00 p.m. a 8:00 p.m., ahora para res­petar las disposiciones actuales está abierta de 7:00 a.m. a 4:45 pm. Por si alguno indivi­dualmente quiere pasar un rato a orar o meditar. Hubiera sido un buen signo y señal de acompañamiento que la gente supiera que la «Iglesia» no se ha ido de primero.