En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: “¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.” Pedro y los apóstoles replicaron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. la diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.” Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. (Hechos de los apóstoles 5, 27-32. 40-41)

Uno de los elementos que Hechos de los apóstoles resalta de la comunidad cristiana primitiva es la predicación. En el texto que se nos propone como primera lectura de este domingo aparece dos veces el verbo enseñar. “¿No les habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?”, es el reproche que las autoridades dirigen a los apóstoles. “Han llenado Jerusalén con vuestra enseñanza”, una afirmación que revela cómo se iba expandiendo el mensaje que transmitían. Pero, ¿qué era lo que enseñaban? ¿En qué se centraba la predicación de aquellos primeros cristianos que conformaban la primera comunidad jerosolimitana?

Sin duda que la doctrina que enseñaban estaba centrada en la persona de Jesús. Pero, ¿de qué fuentes hacían uso para fundamentar dicha enseñanza? Las primeras fuentes que llegan a nuestra mente son el Antiguo Testamento y las tradiciones sobre Jesús que circulaban entre los que habían estado estrechamente relacionados con él. Solo hay que fijarse en los discursos de Pedro en Hechos de los Apóstoles para caer en la cuenta de su interés por conectar a Jesús con las Escrituras (Antiguo Testamento), especialmente con los profetas (Hch 3,18). También Pablo aparecerá más adelante, en este mismo libro, “ensanchando” las Escrituras para dar cabida a Jesús. Incluso, en Hch 17, 11 se nos dice que los judíos de Berea “examinaban cada día las Escrituras para ver si esas cosas eran así”. Esto nos demuestra que los primeros cristianos contrastaban su experiencia de Jesús con lo que decían las Escrituras para asegurarse de que aquello no era una ilusión, sino parte de la revelación divina. No olvidemos que tanto Jesús como sus primeros seguidores eran judíos. Es obvio que estos últimos quisieran validar su experiencia con la tradición en la que se habían formado.

Hay una serie de textos en el Antiguo Testamento que fueron de mucha utilidad para que los primeros cristianos articularan un “discurso teológico judío” para transmitir su experiencia de Jesucristo, muerto y resucitado. Por ejemplo, al momento de narrar su pasión les sería de mucha ayuda los salmos 22 y 69. Para hablar de su mesianidad probablemente fueron muy importantes pasajes como Sal 2,7 y 2Sm 7, 12-14, citas que se ven reflejadas en Hch 13,23.33. Para los sermones de Hechos, donde resalta el tema del sufrimiento y el triunfo final, lo más probable es que les iluminara lo narrado en Dn 7, 9-14. También Is 53 pudo ser un texto muy tenido en cuenta en el cristianismo primitivo como lo atestigua Hch 8, 32-33. El pasaje de la piedra rechazada (Sal 118,22) sirvió claramente a los primeros cristianos para expresar su sentimiento en relación al rechazo y el triunfo final de Jesús, tal como sugiere Hch 4,11. Por su parte, la profecía de Joel aportaría elementos valiosos para entender lo sucedido con ellos como experiencia del Espíritu prometido, así parece sugerirse en Hch 2, 17-21. En fin, todos estos pasajes utilizados por los primeros cristianos en la reflexión de su propia fe, nos muestra que ellos veían su comunidad en continuidad con el judaísmo veterotestamentario. Reflexionar e interpretar pasajes como estos debió ser parte de la metodología de enseñanza seguida por los primeros seguidores de Jesús después de haber tenido la experiencia del acontecimiento de la resurrección.

Sin duda que junto a la recurrencia permanente al Antiguo Testamento otra fuente utilizada para la predicación o enseñanza serían las tradiciones sobre lo que Jesús dijo o enseñó. Los nuevos miembros que se iban adhiriendo a esta “secta mesiánica” seguramente querían sabes más sobre aquel en cuyo nombre habían sido bautizados. Para satisfacer ese deseo no bastaría la predicación del kerygma (que Jesús había muerto y resucitado). Tendrían que hablarles también de la vida de Jesús. ¿Sería eso lo que motivó a que se escribieran los evangelios? Muy probablemente.