La fiesta de Pentecostés

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El Espíritu es el aliento de vida que nos mantiene vivos. El que da la vida queda oculto tras la vida misma.

 

La solemnidad que hoy conocemos como Pentecostés era la anti­gua fiesta judía llamada Fiesta de las Semanas. En su estadio más primitivo celebraba el don de la cosecha de los frutos de la prima­vera, por eso se le conoció también como fiesta de las primicias. Poste­riormente se relacionaría con el don de la Alianza, realizada en el contexto de la revelación de Dios en el monte Sinaí. En tiempos de la Iglesia naciente tenía este último significado. Muchos judíos se des­plazaban de distintos lugares para encontrarse en Jerusalén para celebrarla. La narración que este do­mingo se nos ofrece como primera lectura recoge algo de este fenómeno. En ella se nos habla de “judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo”.

Para los cristianos, Pentecostés es la fiesta de la venida del Espíritu Santo, el mayor regalo de Dios para la comunidad. Por su Espíritu, Dios irrumpe en el mundo, y de modo especial en la comunidad de los creyentes, para articular lo diverso, dando lugar a un nuevo pueblo y una nueva Alianza. Pentecostés exalta la comunión de lo distinto. El mismo Espíritu que promueve la diversidad al repartir distintos dones y carismas a las personas es el que los acopla para que formen el mosaico comunitario que hace de la Iglesia un espacio de circulación carismática. No ha de extrañar que en el Credo lo llamemos “señor y dador de vida”. No obstante, de Él se ha venido a decir que es el “Gran Desconocido” de la familia trinitaria.

Es posible que el desconoci­miento que sufre la tercera persona de la Trinidad se deba a que él es la vida misma del creyente en particular y de la comunidad eclesial en general. Es como si quedara diluido en la vida misma, como nuestra composición genética. Presencia de Dios en nuestro interior. No lo vemos y posiblemente no lo sintamos; sin embargo, está ahí, tan presente como el aire que entra a nues­tros pulmones. De hecho, las pala­bras hebrea (Ruah) y griega (Pneuma) que han sido traducidas por Espíritu, en su sentido primigenio significan aire, viento, soplo. El Espíritu es el aliento de vida que nos mantiene vivos. El que da la vida queda oculto tras la vida misma.

Notemos que tanto en la primera lectura como en el Evangelio de este domingo aparece la imagen del viento para representar la irrupción del Espíritu Santo en la vida de las personas: “De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente…” (primera lectura); “Y [Jesús] sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo”. Cai­gamos en la cuenta de que el viento es invisible, aunque vemos sus efectos. Lo mismo sucede en nuestra vida: no vemos el Espíritu que nos mueve, pero sí lo percibimos en los efectos que provoca en nosotros, manifestados en los dones y frutos con los que contribuimos a la edificación de la comunidad. La acción del Espíritu Santo en nosotros es lo que permite que reparemos en su presencia.

Por eso el Espíritu Santo es la fuerza que nos impulsa a realizar nuestra misión en el mundo. Cada uno tiene la suya. Esa diversidad, en la misión, también enriquece tanto a la comunidad eclesial como a la comunidad política. En este sentido, es función del Espíritu no solo darnos vida, sino levantarnos de cualquier miedo paralizante que pretenda desahuciarnos.

En los dos textos citados más arriba, la primera lectura y el evangelio, los discípulos aparecen ence­rrados. Es uno de los signos que re­presenta el miedo. Dicho encierro no debemos reducirlo solo al espacio donde están reunidos, hay que verlo también como una actitud ante la vida. El miedo los mantiene encerrados en ellos mimos. Esa ce­rrazón solo se quiebra con la irrupción de Cristo resucitado y del Espíritu Santo allí donde están. El viento del Espíritu y el soplo del Resucitado es como un momento de respiración asistida que les devuel­ve la vida.