La dimensión subjetiva y objetiva del trabajo

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274 El trabajo es tam­­bién «una obligación, es decir, un de­ber».591 El hombre debe trabajar, ya sea porque el Creador se lo ha ordenado, ya sea por­que debe responder a las exigencias de mantenimiento y desarrollo de su misma hu­manidad. El trabajo se perfila como obligación moral con respecto al prójimo, que es en primer lugar la propia fami­lia, pero también la sociedad a la que pertenece; la Nación de la cual se es hijo o hija; y toda la familia humana de la que se es miembro: somos he­rederos del trabajo de ge­neraciones y, a la vez, artífices del futuro de todos los hombres que vivirán después de nosotros.

 

275 El trabajo confirma la profunda identidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios: «Haciéndose –median­te su trabajo– cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía –mediante el trabajo– su dominio sobre el mundo visible, el hombre, en cada caso y en cada fase de este proceso, se coloca en la línea del plan original del Creador; lo cual está necesa­ria e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha sido creado, varón y hembra, “a imagen de Dios”».592 Esto califica la actividad del hombre en el universo: no es el dueño, sino el depositario, llamado a reflejar en su propio obrar la impronta de Aquel de quien es imagen.