La depresión en el camino de Emaús

0
117

En los años subsiguientes a Pen­tecostés y a partir de enero 2020 han sido dos momentos álgidos don­de se evidencia con mayor esplendor la vivencia de los rasgos de una Ecle­siología de Iglesia Peregrina o como el Papa Francisco la ha llamado: “Iglesia en salida”, bajo la convicción de que la Iglesia es fundamentalmente un Pueblo Peregrino entre los Pueblos de la tierra.

En la Iglesia no hay fronteras ni acepción de personas (Hch 10,34), sin embargo, constituida por seres humanos, en ella encontramos situaciones y realidades de las cuales está constituida la humanidad. Si miramos con humildad, no con el dedo acusador al grupo de los 12 que Jesús eligió, encontramos que fueron hombres con graves deficiencias en el ámbito espiritual: “Gente de poca fe” (Mt 17,20); aca­démico: “Eran pescadores” Mc 1, 16); emocional: “Simón Pedro, que llevaba la espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cor­tó la oreja derecha” (Jn 18,10); am­bición de poder: “Nosotros queremos sentarnos en lugares de honor a tu lado, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda” (Mc 10,37) y en un sinnúmero de aspectos meramente humanos. De hecho, la Carta a los Hebreos 5,1, comprendiendo esta realidad, afirma: “Todo Sumo Sa­cerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”.

Sin embargo, hubo un aconteci­miento que los cambió radicalmen­te: la experiencia de Jesús resucitado. Pedro, el violento e irracional, se transforma en ecuánime, equilibrado y el que asume el liderazgo de todos sus compañeros: “Pedro, presentándose con los Once, levantó la voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén, que les quede bien claro y presten atención a mis palabras»” (Hch 2,14).

Sin embargo, este proceso de transición, al estilo de la crisálida, la conversión del gusano en mariposa, operado entre los seguidores de Jesús, no dejó de ser traumático. El más evidente de todos es la narra­ción, una de las más bellas del Nue­vo Testamento, que nos presenta Lucas sobre los dos discípulos desencantados, que abandonan a Jeru­salén y se regresan a sus casas des­pués que todo se ha venido abajo y la única decisión que entendían que les quedaba era “empezar de cero”: (Lc 24,13-35). Es un momento de crisis profunda: se marchan porque el proyecto por el cual entregaron su vida, la esperanza del cumplimento del Reino de Dios anunciado por los profetas, terminó en una tragedia con Jesús en la Cruz. Me arriesgo a imaginar que no hay persona adulta que, en su vida, se haya librado de este sentimiento: en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en la vida sentimental, en sus proyectos perso­nales, en su profesión.

Del Viernes Santo al Domingo de Resurrección, fue suficiente para que los Discípulos de Emaús, ence­rrados, desarrollaran una fuerte de­silusión que les empujara a abando­nar la comunidad y no se fueron antes, porque a los judíos les estaba prohibido caminar más de una (1) milla en sábado y Emaús distaba “70 estadios de Jerusalén”; algunas traducciones dicen: “once kilóme­tros” (Lc 24,13), por lo tanto, estos Discípulos, no pudieron emprender el camino de regreso, sino al ama­necer del domingo. Era tal la frustración que les faltó interés, curiosidad, pasión, que aun sabiendo que “el lugar donde había sido crucificado Jesús, estaba cerca de la ciudad” (Jn 19,20), no tuvieron ánimos ni siquiera para, antes de abandonar todo, pasar primero por la tumba a verificar o detenerse a indagar sobre la veracidad de lo que decían las mujeres y sus compañeros; al contrario, salieron de Jerusalén, porque ya no esperaban nada más. Los que se quedaron en Jerusalén sufrían igual que ellos, pero permanecieron juntos, no escaparon, siguieron esperando, a pesar de que la tradición era clara: se esperaban tres días y al cuarto se daba por confirmaba la muerte de la persona (Jn 11, 17.39).

La fuga nunca da alegría, por eso la amargura con la que estos dos hombres daban cada paso, solo les permitía repetir en su cabeza cada martillazo sobre los clavos que tras­pasaba la carne de su líder. Resta­blecer la fe y la esperanza, en un ambiente así, era el inicio de una verdadera empresa. El cuadro de­presivo era evidente: iban tan metido en sí mismos, que no podían ver ni al mismo Jesús a su lado (24,15), eran caminantes tristes (24,17), enojados-frustrados (24,18), cuentan la historia en pasado (24,19), buscaban un culpable (24,20), entienden que el justo lo asesinan como un desgraciado, quedando frustrada las promesas mesiánicas (24,20), ya Jesús para ellos es un proyecto fallido (24,21), todo se acabó con la muerte del líder (24,21), les arropa la incredulidad (24,22-24). A Jesús no le quedó más que recriminarles duramente: “Insensatos y tardos de corazón” (24,25).

Jesús tuvo que salir detrás de ellos a buscarles, con el objetivo, en un primer momento, de volver a reunir a su pequeña Iglesia dispersa, desintegrada y miedosa; y para sacarle del ensimismamiento a sus descarriados discípulos, utiliza el método pedagógico socrático en clave psicológica: les pregunta para hacerles recontar su historia, para sacar de su interior todo lo que ellos habían experimentado en este proceso, les hace expresar su rabia, su tristeza y su sentimiento de derrota: “De qué discuten entre ustedes por el camino mientras van andando” (24,17). De hecho, es un método muy utilizado hoy por la psicología y la dirección espiritual: para hacer “caer en la cuenta” al depresivo, al atormentado, al triste, al desconsolado que la situación por la cual está pasando o su solución está dentro de sí mismo y no fuera. La narración nos permite descubrir también el grado de profunda tristeza que significó la muerte de Jesús para sus discípulos, porque muestra la im­portancia del proyecto de Jesús en sus vidas.

Los discípulos desilusionados pensaban en la Cruz de Jesús y en el Sepulcro preparado por José de Arimatea (Jn 19,38). Jesús, Maestro en Psicología, les hace caer en la cuenta que es su depresión quien mantiene sus mentes fijas en el sepulcro; sin embargo, “el problema” ya no estaba allí, sino en sus corazones. Estos discípulos todavía estaban viviendo el Viernes Santo. Mientras ellos seguían anclados en su pasado truncado, en el sepulcro, sin importarles si estaba lleno o va­cío, el dolor permanecería sin ali­vio, sus preguntas sin respuestas, el camino de regreso a sus casas sin sentido; entonces seguir a Jesús ha­bía sido una pérdida de tiempo y a cada metro recorrido se sumaba un grado más de desilusión y tristeza. Sentían la herida sangrante de su amor traicionado. A Cleofás y a su compañero les faltaba la experiencia del Domingo de Resurrección. Jesús lo sabía. Cuando no se sabe qué es la Resurrección de Jesús, toda situación difícil es una tragedia sin sentido y la muerte permanece siendo muerte.

El segundo momento fundamental que Jesús utilizó para curar la depresión de sus discípulos y devol­verles la ilusión del amor primero, fue renovarles la memoria: “Y em­pezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (24,27). ¡Te traicionan, te abandonan, se marchan, te rega­ñan y, aun así, les dedicas todo el tiempo necesario y kilómetros ­caminando, para convencerlos de que estás vivo! ¡Cuánta paciencia, Jesús, para recuperar a tuyos!

San Agustín en el Sermón 235 al comentar este episodio afirma: “El Maestro caminaba con ellos durante el camino y él mismo era el camino. Aquellos discípulos aún no iban por el camino, pues los halló fuera de él. Estando con ellos antes de la pasión, les había predicho todo: que había de sufrir la pasión, que había de morir y que al tercer día resucitaría. Todo lo había predicho, pero su mente se lo borró de la memoria. Cuando lo vieron colgando del madero quedaron tan trastornados que se olvidaron de lo que les había enseñado; no les pasó por la mente la resurrección ni se acordaron de sus promesas. Nosotros –dicen– esperábamos que él redimiera a Israel. Lo esperaban, ¡oh discípulos!, ¿es que ya no lo esperan? Vean que Cristo vive: ¿ha muerto la esperanza en ustedes? Cristo vive ciertamente. Cristo, vivo, encuentra muertos los corazones de los discípulos, a cuyos ojos se apareció y no se apareció. Lo veían y permanecía oculto para ellos. En efecto, si no lo veían, ¿cómo lo oían cuando preguntaba y cómo le respondían? Iba con ellos como compañero de camino y él mismo era el guía. Lo veían, sin duda, pero no lo conocían. Sus ojos – como escuchamos– estaban incapacitados para reconocerlo. No estaban incapacitados para verlo, sino para reconocerlo”.

 

Jesús ahora caminaba junto a ellos, vivo, como en su gloria celestial, pero su estado de ánimo no les permitía reconocer ni la tierra ni el cielo a su lado, ni a Jesús Dios y Hombre verdadero. Ahora son ellos quienes están muertos interiormen­te: muertos para enfrentar su realidad, su futuro, sus ilusiones, lo que dirán a sus amigos, a su familia.

El tercer elemento fundamental empleado por Jesús es cuando se hace el desentendido, el desintere­sado: “Al acercarse al pueblo donde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante” (24,29). ¡La pedagogía de Jesús estaba funcionando! Necesi­taba descubrir el interés de sus in­terlocutores. Era preciso saber si ya estaban sintonizando! Era necesario descubrir el progreso de la terapia con los depresivos caminantes. Sur­gió la invitación: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (24,29). ¡Ya se había realizado el primer milagro! Su cuadro depresivo había mejorado sustancialmente, aunque faltaba el siguiente detalle:

En el cuarto momento, Jesús hizo revivir en ellos el último momento de cercanía, alegría y compartir que pasaron juntos durante la Última Cena y repite los mismos gestos (Lc 22,7-20). En aquella primera misa, de aquel primer Jueves Santo, estaba contenida la “vacuna” contra la de­presión de los discípulos y de la humanidad entera, ahora es el mo­mento de probar su efectividad. ¡Comprobado, es efectiva!: “Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y les reconocieron, pero él desapareció de su lado” (24,30-31). Estamos ante el segundo milagro de Jesús a favor de sus Discípulos de­presivos, nunca realizados en modo espectacular. Ya no era necesaria su presencia física, se había quedado en aquel trozo de pan y, con ello, todo recobró sentido: aquel alimento les volvió las fuerzas para luchar, para seguir, para volver a Jerusalén, para saltar de alegría, para vencer la depresión, para experimentar al resucitado, para cambiar su rostro adusto por uno dulce, lleno de paz y para anunciar: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” y así quedó ensamblado el rompecabezas. Lo que había sucedido mientras esca­paban de Jerusalén, ahora compren­dieron que era verdad: las mujeres en el sepulcro, los discípulos, Jeru­salén, la alegría, la fe y la esperanza, las Escrituras, todo recobró sentido y valor.

Parecería que el mundo actualmente va recorriendo nueva vez el camino que lleva de Jerusalén a Emaús. La Organización Mundial de la Salud calcula que más de 300 millones de personas sufrían depresión antes del Covid-19. ¡Otra pandemia! Actualmente corren a la misma velocidad estas dos crisis. Son dos verdaderos retos para la salud pública mundial. Es urgente prestarles tanta atención a nuestra salud espiritual y psicológica como a la crisis de salud y económica; es preciso tener tanto autocuidado personal, como atención a la bioseguridad de nuestras manos, ojos, boca y nariz.

Hoy vemos tantas preocupacio­nes reales, tantos proyectos truncados, tantas ilusiones perdidas, tantos miedos y angustias que dejarán trabajo en demasía a los psicólogos, psiquiatras, orientadores y sacerdo­tes. En cualquier área del saber humano o espiritual que se requiera la ayuda, será necesaria no sólo la pedagogía de Jesús, sino permitir que su presencia actúe; dejarse acompañar por él, que él se acerque silenciosamente y camine con noso­tros, porque la depresión, desde la Espiritualidad, no es la enfermedad de “la pastilla”, sino de la presencia de Jesús; de acompañarse la persona misma y dejarse acompañar, de asu­mir las propias realidades, por­que de no aceptarse las preguntas pro­pias, los propios problemas, las “muertes” propias, las desilusiones y fatigas, jamás se llegará a la “fracción del pan” de la alegría, de la serenidad, de la fe, la esperanza y la vida.

Estamos necesitando una nueva Misa de Jesús en Emaús, para que nos indique el camino de regreso hacia Jerusalén: volver de donde hemos salido desilusionados, volver a nuestra comunidad de discípulos, que nos haga “arder los corazones” (24,32), que nos llene de esperanza, que nos hable al corazón y nos resu­cite, que se siente junto a la mesa del Altar con nosotros y nos haga comulgar su Cuerpo y su Sangre, que le reconozcamos en medio de nosotros, que sintamos que está vivo y que todos a una sola voz gr­itemos rebosantes de felicidad, libres de desilusiones y depresión: “¡Jesús ha resucitado! ¡En verdad, resucitó!”