LA CORONA INDESEADA

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Es cosa rara, nadie quiere ceñirse esta corona. Antes se libraban sangrientas batallas sólo porque alguien pretendía arrebatársela a un potentado. Ahora flotan en el aire estas prendas preciosas y la gente huye y hace lo imposible por no merecerlas.

Me refiero, por supuesto, al Coronavirus o COVID-19.

La emergencia de este virus, que ya fue declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud, me ha traído a la mente algunas cosas.

Me llama la atención que, en un mundo de altisonantes discursos, de tantas y tan poderosas armas y de tecnolo­gía de punta, campee a sus anchas una pequeñísima e infeliz criatura.

La ciencia avanza ciertamente, pero no dejan de presentársele inesperados desafíos. Hace muchos años leí en Arbor, revista científica española, un artículo del médico y académico Pedro Laín Entralgo, ya fallecido. Recuerdo que, en ese escrito, él describía como arrogante la ciencia del siglo XIX. Para este intelectual, la ciencia del siglo XX era, por el contrario, muy humilde. No se olvide que la ciencia decimonónica pretendió suplantar toda religión, llegando ella misma a proponerse como su sustituto natural, pues la ‘diosa’ Razón debía deshacer toda superchería. Quizá como caricatura de esto último resuena todavía entre las estrellas de Hollywood la llamada Iglesia de la Cienciología.

Mirando la situación presente, no dudo que el referido académico pediría humildad a los científicos actuales. La ínfima criatura –el virus– no respeta imperios ni territorios ni fronteras ni magnates… Viaja a sus anchas, sin procurar visado, de un país a otro; de uno a otro continente. Logra lo que difícilmente lograría autoridad alguna en este mundo: inmovilizar ciudades, suspender anhelados eventos masivos del arte o del deporte; dejar desiertos hasta los concursos de belleza, pues toda reina teme que le toque en suerte la corona indeseada…

De tiempo en tiempo suceden cosas que vienen a hacer patentes nuestra precariedad y nuestros límites. Es como para que no olvidemos que, después de todo, “grande sólo es Dios…” Como ciudadanos, acatamos las recomendaciones de las autoridades al respecto.

 

Como creyentes, con el Papa Francisco imploramos el favor de la Madre Santísima:

 

Oh María,

Tú que siempre brillas en nuestro camino

como un signo de salvación y esperanza.

Confiamos en ti, salud de los enfermos,

que junto a la cruz

quedaste ligada al dolor de Jesús,

manteniendo firme tu fe.

Tú, salud de nuestro pueblo, sabes

lo que necesitamos

y estamos seguros de que nos lo otorgarás

porque, como en Caná de Galilea,

pueden regresar la alegría y la celebración

después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Amor Divino,

a confiar en la voluntad del Padre

y hacer aquello que Jesús nos diga.

Él, que tomó nuestro sufrimiento

sobre sí mismo y asumió nuestros dolores

para guiarnos, a través de la cruz,

a la alegría de la resurrección. Amén.