LA CAMPAÑA POR LA GRATUIDAD DE LOS SACRAMENTOS: OTRA PRESIÓN DEL  REGÌMEN DE TRUJILLO TRAS LA CARTA PASTORAL

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Por: Reynaldo R. Espinal

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A principios de junio 1960 cobró fuerza, a través de los medios de propaganda del régimen, otras de sus ofensivas campañas de propaganda para herir la sensibilidad de la Iglesia en represalia por la Carta Pastoral.

Se trató de la iniciativa firmada a nombre de la Federación Provincial de Trabajadores de Puerto Plata anunciando que en un próximo congreso obrero a celebrarse en Ciudad Trujillo, presentarían una ponencia en el sentido de que “la Iglesia católica no cobre a la clase pobre por la administración de los santos sacramentos”.

 La aviesa intención era notoria, pues se pretendía dejar sentado que la Iglesia incurría en la práctica de la “simonía”, es decir, “la venta de bienes espirituales por dinero”, práctica que la misma condenara desde sus más tempranos orígenes.

Monseñor Eliseo Pérez Sánchez se vio precisado a referirse al tema para contrarrestar la dañina campaña, escribiendo sendos artículos de prensa. En el segundo titulado “Sacramentos gratis. Insistiendo sobre el mismo tema”, publicado el 3 de junio de 1960, expresaba lo siguiente:

“No obstante haber explicado suficientemente en mi anterior artículo cómo la Iglesia Católica cumple su divina misión de caridad y protección a favor de los pobres, brindando servicios gratuitos a los que lo necesitan, o con justa causa lo reclaman; un corresponsal de Puerto Plata y algunos sindicatos obreros han insistido en su sistemática campaña de exigir una disposición eclesiástica que exonere en absoluto a los pobres de todos los servicios religiosos que puedan solicitar. Aunque ordinariamente, esto se viene cumpliendo en todas las parroquias de la República, y siempre ha sido práctica de la Iglesia Católica su observancia, en verdad no podría concederse de un modo general un privilegio de esta índole porque además de que los fieles están obligados a cooperar al culto divino, ( y esto lo comprenden así los Pastores protestantes al hacer colecta entre sus adeptos a pesar de contar ellos, justicieramente con sueldos de sus respectivas Instituciones) es enseñanza del mismo Cristo de que “todo operario merece su recompensa”.

Cualquiera que registre las estadísticas parroquiales en toda la República podrá convencerse de los miles de bautismos y matrimonios gratuitos que la Iglesia acostumbra celebrar en ocasión de las misiones parroquiales, que tienen lugar periódicamente en el País. No debe olvidarse, por otra parte, que los ministros del culto además de sus necesidades personales, tienen obligaciones sociales que cumplir con los mismos pobres, que sin dinero nunca podrían realizar.

Nadie mejor que el suscrito ha compartido siempre las necesidades y miserias de los pobres, pero, es el primero en proclamar, una vez más, que en Santo Domingo, como en cualquiera otra parte del mundo, sería imposible una disposición de este carácter, cuando no se tenga asegurado, de alguna otra manera, el modus vivendi del Pastor, los medios necesarios para el sostenimiento del culto divino y las obras de bien social a que están obligados a sostener.

Explicaba, además, Monseñor Pérez Sánchez: “será lógico comprender que, no teniendo la Iglesia Católica en nuestra República rentas para sostenerse ni los sacerdotes medios económicos para su subsistencia, ni mucho menos tenerse en nuestro país la costumbre establecida en otras naciones, de sostener el culto y sus ministros con las contribuciones mensuales que aportan las familias a la parroquia, no obstante existir las tarifas de servicios religiosos conforme lo permite el Código de Derecho Canónico; la Autoridad Eclesiástica se ve obligada, entre nosotros, a fijar una cuota por servicios religiosos y la administración de los Santos Sacramentos, cuyos efectos espirituales, de valor infinito, no podrán pagarse nunca con todos los tesoros de la tierra”.