Juan Pablo II y el cerco comunista

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La historia del siglo XX, uno de los períodos más convulsos y violentos de la historia; donde alcanzaron extre­mos indecibles la maldad y la crueldad humana, experimentó después de las dos ­cruentas guerras mundiales, otra no menos difícil confrontación entre dos concepciones ideológicas, a saber: por un lado, el capitalismo liberal, simbolizado en los Estados Unidos y el comunismo, liderado por la entonces Unión de Repúblicas Socia­listas Soviéticas(URSS).

En el período compren­dido entre 1946 y 1989, el mundo orbitó en un enfrenta­miento bipolar marcado por la desconfianza, la persecución, los conflictos bélicos regionalizados, la manipula­ción y el espionaje.

Toda Europa del Este, y en ella Polonia, estuvo bajo el cerco terrible del imperio so­viético, el cual, en su concepción totalitaria, se propuso desterrar toda manifestación de pluralismo, sepultó la disi­dencia lo mismo que persi­guió con saña cualquier ex­presión religiosa, especialmente la católica, acusando a la misma de contener un germen “subversivo” difícil de contener y controlar, pues opera en el ámbito más íntimo y sagrado de la persona, a saber: sus ideas y su conciencia.

Fue en ese complejo y asfixiante contexto donde estaba a la orden del día la delación, el secuestro, la persecución y la tortura, donde nació y forjó su carácter personal y sacerdotal, ese gran papa y líder mundial que fue Juan Pablo II, elevado ya fe­lizmente a los altares por su fecundo testimonio de cohe­rencia, piedad y amor a la Iglesia,

Un libro de reciente publicación, el cual lleva por título “El enigma Wojtyla”, del escritor español José María Zavala, ha puesto al descubierto las noticias e informaciones más recónditas en tor­no a las impensables tácticas de espionaje empleadas por los servicios secretos polacos y soviéticos contra el Pontífi­ce más carismático del siglo XX.

Siendo aún seminarista,  Karol Wojtyla comenzó a ex­perimentar en 1946  el impe­nitente asedio que lo perse­guiría durante casi seis déca­das, cuando los agentes de la entonces Oficina de Seguri­dad Pública, una dependencia del Ministerio de Seguridad polaco, pensaron que el mis­mo tenía acceso a información comprometedora sobre uno de los más atroces críme­nes masivos perpetrados por la barbarie soviética: la ma­tanza del bosque de Katyn, en la ciudad de Smolensk,  ocu­rrida entre los meses de mar­zo y mayo de 1940, y en  la cual fueron ejecutadas a sangre fría de un tiro en la nuca, alrededor de 22,000 perso­nas, lanzadas a fosas comu­nes. La bien orquestada propaganda comunista se había en­cargado de difundir la falsa idea de que aquel atroz genocidio había sido cometido por los alemanes, cuando la realidad era, que fueron ellos sus autores, poniendo en evidencia que tan censurable era el totalitarismo de derecha co­mo el de izquierda.

Seis kilómetros de documentos reposan en los Archi­vos del Instituto de la Memo­ria Nacional de Cracovia, fuente imprescindible en la que abrevó Zavala, para de­velar la forma casi inexplicable mediante la cual pudo es­capar Karol Wojtyla de intentos tan sutiles de asesinarle, como fue la pretensión de provocar su  envenenamiento a través del llamado “para­guas búlgaro”, siendo ya el Sumo Pontífice, consistente en pincharlo para inocularle un veneno; lo mismo que se propusieron destruirle moral y psicológicamente, a efectos de lo cual llegaron a redactar un falso diario íntimo, el cual atribuyeron a una empleada de nombre Irina Kinaszews­ka, una empleada de un se­manario católico, a fines de propagar la falsa especie de que la misma había sido amante del futuro Pontífice.

El 13 de mayo de 1981, como sabemos, fue el mo­mento más crucial de aquel terrible ensañamiento, cuando Juan Pablo II resultó gra­vemente herido por un agente turco contratado por el espio­naje soviético.

¿Cómo pudo escapar este gran profeta de nuestro tiempo del cerco infernal que lo rodeaba? Es una pregunta que se hace el autor del libro referido y nos hemos hecho muchos en estas décadas.

La respuesta no la vamos a encontrar en tácticas y es­tratagemas humanas. Sólo en la fe humilde y confiada en Dios y en la poderosa intercesión de la Virgen de este privilegiado testigo de evangelio.