¡Hasta siempre querido Padre Disla! ¡Ruega al Resucitado por nosotros!

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Al atardecer del pasado miércoles 1 de abril se nos adelantó a la Casa del Padre nuestro querido e inolvida­ble Padre Vinicio Disla. ¡Se nos marchó así! De esa for­ma serena y discreta que le era tan propia.

¡El Padre Disla fue tanto para tantos! ¡Cuántos dones recibidos y entregados! ¡Cuantos talentos esparcidos por la causa del reino!

En lo particular, y aún en medio de la natural congoja por su terrena despedida, brota de mi interior, como sé que brota del corazón de tantos otros a quien su vida marcó con su impronta bienhechora, un profundo sentimiento de gratitud por todo lo que él fue y todo lo que hizo.

Vinicio Disla el amigo, el padre, el orador, el consejero, el confidente, el escri­tor, el comunicador. Vinicio Disla el formador en todo tiempo. El de pala­bra alada y elegante. El Vinicio de todos. ¡Sacer­dote siempre! ¡Sacerdote entero!

Nació el 28 de noviembre de 1935  en el noble y cristiano hogar formado por Don Sabás Disla y Doña Antonio Almánzar. Escuela temprana de amor y de virtudes. Fragua de humildad, rectitud, decencia y responsabilidad.

Desde su etapa de seminarista, se involucró en el movimiento Acción Clero­Cultural que lideraba el Padre Daniel Cruz Inoa junto a un valioso grupo de seminaristas, sacerdotes y estudiantes universitarios, articulado para luchar en la clandestinidad contra la oprobiosa tiranía trujillista. De ahí su defensa, también innegociable, de la patria y de la dignidad de toda persona humana.

Ordenado sacerdote el 27 de junio de 1964, le ­correspondió iniciar su fecundo ministerio en un momento singular de la vida de la iglesia universal y local. Se desafiaban tridentinas inercias eclesiales y se definía un nuevo perfil eclesial más abierto a las angustias y esperanzas de la gente.

Y ahí estuvo desde el primer momento nuestro querido Padre Disla, en el Santiago pujante que despertaba, como la patria toda, del letárgico sueno de 31 años de opresión, para acompañar desde entonces en obediencia fiel, a Monse­ñor Polanco, Monseñor Roque Adames, Monseñor Flores, Monseñor Ramón de la Rosa y Monseñor Freddy Bretón junto a sa­cerdotes y laicos, sin pausas ni excusas, en cuantas obras de evangelización y promoción humana reclamaron, hasta su último aliento, sus pastorales empeños y des­velos.

Pero, sin duda alguna, su mayor obra ha sido la formación en el Seminario San Pío X. Para cuantos hemos tenido el singular privilegio de ser sus alumnos, su guía y presencia ha dejado en nuestras vidas huellas inde­lebles; nos transmitió el amor a Dios como “Supre­mo Bien” en nuestras vidas y en las de los demás, el amor a la oración, al trabajo y a la naturaleza, la disciplina sin agobios, la dedica­ción al estudio y la sutil ­delicadeza de apreciar lo bello y lo noble, ya sea en el arte, en el campo o en la flor; a valorar el esfuerzo y la amistad  y a privilegiar en todo tiempo la solidaridad, la familia, la fraternidad y la respetuosa convivencia.

Su voz dulce y firme, educada y melodiosa, fue luz y esperanza para toda la feligresía cibaeña, que a través de Radio Amistad, durante décadas, y luego también a través de las nue­vas emisoras católicas dedicadas a la evangelización, siguieron con fidelidad ad­mirable sus mensajes maña­neros a través del programa “El Despertar del Cristiano” o en cada acontecimiento importante de la vida eclesial santiaguense acostumbrada a vibrar al calor de su destreza oratoria que en­cendía  el corazón y ­levan­taba  el alma.

¡Gracia Señor por el querido Padre Disla y su fecundo sacerdocio ejercido con tanta entrega durante 56 años! ¡Gracias por su admi­rable testimonio de servicio; por su sí sin medida y sin mezquindad, a tiempo y a destiempo

¡Gracias por su entrega a Camino, siendo parte del equipo fundador, y luego director por más de siete años!

¡Gracias por la dedica­ción tesonera y el edificante testimonio de este apóstol discreto dado a hacer el bien sin estridencias ni procura de falsas nombra­días! ¡Un paradigma sacerdotal de hoy y de siempre!

 

¡Servidor fiel y prudente, entra al gozo de tu Señor! ¡Ruega al Resucitado por nosotros!