Doña Ana Bretón Veras

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Primer año de su partida a la Casa del Padre

Mons. Freddy Bretón celebró la Eucaristía en la Capilla Ntra. Señora de La Altagracia en Ortega, Moca

Ana Bretón, hija de Ramona Veras y Juan María Bretón, una familia de 8 hermanos residentes en Yavanal, La Vega. Su hermana ma­yor, sor Marina Bretón, vivía para ese entonces con sus abuelos maternos, María Petronila y Segundo Veras, quienes le habían donado este hermoso terreno para la Iglesia, su hermana era la sacristana de la iglesia y acompañaba a sus abuelos.

Después de unos años, ella escu­chó el llamado de Dios e ingresó a la congregación de las hermanas las Hijas de la Altagracia, en Santo Do­mingo, consagrando su vida al Señor. Al ella tener que partir, le pidió a su hermana Ana, para que la sustituyera con sus abuelos y el servicio en la iglesia. Desde ese mo­mento doña Ana, de una u otra for­ma, se entregó al servicio de Dios en esta capilla Nuestra Sra. de la Alta­gracia. Más tarde contrajo matrimonio con José Joaquín Veras (Tingo) un gran servidor en la capilla, procreando 3 hijos.

Son muchas las virtudes que se destacan en doña Ana, y todos los que la conocieron son testigos de esto: era una mujer espiritual, serena, transmitía paz, vibraba por todas las cosas de Dios y de la Virgen. Muy caritativa, siempre pendien­te de los enfermos y de acompañar a las familias que perdían a un ser querido.

Fue una mujer muy trabajadora y entregada a la comunidad de Ortega, con su labor como modista o costurera de una manera tan desinteresada que nunca se escuchó ponerle precio a su trabajo, cuando lo entregaba decía “deme lo que usted pueda”.

Doña Ana fue la sacristana en esta capilla. Desde su juventud también perteneció al coro y participó en diferentes grupos apostólicos como la Hermandad del Corazón de Jesús, la Legión de María, pero sobre todo una mujer con mucha humildad y mucha fe, hasta el punto que todo el que venía a la capilla a cumplir una promesa la buscaba para que ella fuera quien rezara y con todo el amor que le sobreabundaba, dejaba lo que estaba haciendo e inclusive apagaba la estufa si estaba cocinando para acompañar a esas personas.

Al final de sus días terrenales doña Ana siempre estuvo pendiente de si abrieron la iglesia, que si la cerraron, que si era hora de tocar la campana, de como estaba la luz del Santísimo, que si quedaban o no velones, que si había alguna actividad extraordinaria, en fin, nunca dejo de cumplir su compromiso que desde tantos años había asumido y desempeñado con mucho amor y entrega.

En el lecho de su enfermedad, mantuvo una paz interior y soportó con amor sus dolencias, porque realmente sentía la presencia de Dios y de María en todo momento.

Hoy es un día, para agradecer a Dios por la vida de nuestra querida Ana, la cual tenemos la certeza de que está gozando cara a cara con el Señor.

Pedimos al Señor que continúe bendiciendo a toda nuestra familia y que podamos imitar su ejemplo.