William Arias
Hoy día se menciona mucho a Simone Weil, cuyo testimonio, pensamiento y espiritualidad, no dejan quieto a quien se tome la vida y la fe en serio, como la tomó ella en su momento. Francesa, nació en París, el 3 de febrero de 1909, en una familia de origen judío. Fue una mujer de extraordinaria inteligencia, que dedicó su corta vida, pues murió joven, a los 34 años, a la búsqueda de la verdad, la justicia y la comprensión del sufrimiento humano.
Estudió filosofía en la prestigiosa Escuela Normal Superior de París y trabajó como profesora. Sin embargo, no quiso limitarse a estudiar la pobreza y la explotación desde los libros: llegó a trabajar en fábricas para experimentar personalmente las duras condiciones de los obreros. También defendió a los trabajadores, combatió el fascismo (como esto está de moda, tal vez por eso es tan actual), y se opuso a las injusticias sociales.
Una dimensión especialmente importante de su vida, fue su búsqueda espiritual y su acercamiento al cristianismo. Aunque procedía de una familia judía no practicante, experimentó una profunda atracción por Jesús y por la espiritualidad cristiana. Mantuvo una relación intensa con la fe católica, aunque no llegó a bautizarse.
Simone Weil nos invita a comprender que la verdadera justicia comienza cuando prestamos atención al sufrimiento de los demás. Para ella, la compasión no debía quedarse en sentimientos o palabras, sino convertirse en una forma concreta de vivir y actuar. Su pensamiento resulta especialmente interesante para la reflexión cristiana, porque relaciona la atención al prójimo, la dignidad humana, el sufrimiento y la búsqueda de Dios.
En la obra: “A la espera de Dios”, un manojo de cartas y ensayos publicados después de su muerte, en uno de esos escritos: “Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio para cultivar el amor a Dios”, habla acerca de la “Atención” llevada al plano espiritual, señalando que Dios nos busca y sale a nuestro encuentro, a partir del deseo que uno tenga de encontrarse con él.
Por lo tanto, necesitamos de atención por nuestra parte, para poder encontrarnos con él; pero Simone Weil no ve dicha atención como una especie de estado hierático o serio, diríamos, ante Dios, sino como todo un vaciarse. Al respecto señala: “La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto, manteniendo próximo al pensamiento, pero en un nivel inferior y sin contacto con él, los diversos conocimientos adquiridos que deban ser utilizados”.
La Atención para ella es un esfuerzo, lo que hace que Dios se derroche en ternura para con nosotros. En un mundo como el nuestro, con tantas distracciones, es lógico el distanciamiento de Dios, pues no le deseamos, ni le captamos, pues nuestros pensamientos y todo nuestro ser están llenos de cosas inútiles que impiden la captación, como decía San Agustín, de ese Dios que de continuo pasa y que según Simone Weil, nos busca.
Ella considera que esa Atención tiene por consistencia el amor de Dios, que lleva a un paso más que es el amor al prójimo, pero dirigido a los desdichados de la sociedad, cuya mayor necesidad que tienen es de que alguien le preste atención.
Simone Weil hizo de su vida un prestarle Atención a los obreros y trabajadores de su época, que han sido y son los desdichados de siempre, también le dedicó Atención a la búsqueda de encontrase con ese Dios nuestro de cada día, para ello vació su vida de muchas tonterías de entonces, lo mismo que nos corresponde hacer a nosotros, si queremos prestarle Atención a Dios y a nuestros hermanos.




