María Fiordaliza Núñez Valerio
Directora de la Escuela de Derecho UCATECI
Hay momentos en la vida en los que sentimos que hemos esperado demasiado. Oramos por una
respuesta, trabajamos por un sueño, luchamos por una oportunidad y, cuando pasa el tiempo, comenzamos a preguntarnos si realmente vale la pena seguir esperando.
Pero hoy quiero recordar algo: no todo lo que tarda está perdido.
La perseverancia no siempre luce como una gran victoria. A veces, luce como una persona cansada que, a pesar de las dificultades, decide levantarse una vez más. Como alguien que ha
llorado, ha tenido dudas y ha sentido que sus fuerzas se agotan, pero que todavía encuentra un
motivo para continuar.
Perseverar no significa que nunca sintamos miedo, cansancio o incertidumbre. Significa que, aun en medio de esas emociones, elegimos no rendirnos.
Hay procesos que necesitan tiempo. Una semilla no se convierte en árbol de un día para otro; necesita tierra, agua, cuidado y paciencia. De la misma manera, algunos sueños, respuestas y bendiciones requieren tiempo para llegar.
La Palabra de Dios nos recuerda: “Y no nos cansemos de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. Gálatas 6:9
Quizás hoy estás esperando una respuesta, una oportunidad, la restauración de algo importante o el cumplimiento de un sueño. Quizás llevas tiempo haciendo tu parte y todavía no ves los resultados que esperabas. No permitas que la demora te robe la esperanza.
Sigue sembrando. Sigue orando. Sigue trabajando. Sigue creyendo.
Y si el camino necesitas cambiar, cambia el rumbo. Si necesitas descansar, descansa. Pero no
confundas una pausa con una derrota ni una demora con el final.
La perseverancia, a veces, simplemente consiste en levantarnos, secarnos las lágrimas, volver a
intentarlo y decirle a Dios: “Sigo confiando en ti”.
Porque no todo lo que tarda está perdido. Tal vez hoy no ves resultados, porque todavía estás en proceso. Tal vez aquello que hoy parece una demora, mañana tendrá sentido.
No abandones en un capítulo que todavía no termina. Sigue creyendo, sigue caminando y sigue confiando en Dios. Puede que hoy no veas cómo termina esta historia, pero recuerda: mientras Dios siga escribiendo, todavía quedan páginas por llenar.



