Junto al pozo de Jacob: Quien se sabe amado aprende a amar.

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Padre Jimmy Drabczak.

Serie: «EL MENSAJE DE UN BUEN PADRE»

Inspirado en el pensamiento del beato P. Bronislao Markiewicz

Una de las conversaciones más hermosas del Evangelio es el encuentro de Jesús con la samaritana, junto al pozo de Jacob (Jn 4,1-26). Aquella mujer llega buscando agua y termina descubriendo algo mucho más importante: que Dios conoce su historia y no deja de amarla.

Este encuentro nos ayuda a comprender las palabras de Jesús en el Evangelio del XXX Domingo del Tiempo Ordinario: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón» y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37-39). Los dos mandamientos son inseparables, porque quien descubre el amor de Dios está llamado a compartirlo.

La samaritana llega al pozo al mediodía, cuando el sol más calienta. Podemos imaginar que aquel calor refleja también su situación interior: una mujer con relaciones difíciles y una profunda necesidad de amor.

Jesús conoce su vida, pero no la rechaza ni la humilla. Dialoga con ella y la conduce delicadamente hacia la verdad. ¡Qué diferente de nuestra manera de actuar! Muchas veces, al conocer los errores de alguien, nos apresuramos a juzgarlo. Jesús, en cambio, reconoce a una persona que necesita ser amada.

¿No nos sucede también a nosotros? Buscamos felicidad, seguridad y comprensión, pero nuestro corazón permanece sediento. Porque existe una sed que solamente Dios puede saciar.

El beato Bronislao Markiewicz, fundador de los miguelitas, comprendió profundamente esta verdad: Dios es un Padre providente que nunca abandona a sus hijos. Por eso, en su espiritualidad, la confianza en la Providencia divina estaba unida al cuidado de los niños, jóvenes, pobres y abandonados.

No basta con decir que Dios es nuestro Padre. Tenemos que aprender a tratarnos como hermanos.

La primera lectura de este domingo nos recuerda que no debemos maltratar al extranjero ni oprimir a la viuda o al huérfano (cf. Ex 22, 20-26). El verdadero amor a Dios se demuestra especialmente en nuestra manera de tratar a los más vulnerables. Podemos rezar mucho y participar en las celebraciones, pero si somos incapaces de perdonar, escuchar o ayudar, todavía no hemos comprendido plenamente su amor.

En la espiritualidad miguelita, los santos ángeles nos recuerdan que la Providencia Divina acompaña nuestra vida. Jesús enseña que los ángeles de los pequeños contemplan siempre el rostro del Padre celestial (cf. Mt 18,10).

El Ángel Custodio nos recuerda que no caminamos solos. San Miguel Arcángel nos enseña a permanecer fieles a Dios y a vencer el mal mediante la fe, la verdad y la fuerza de su Palabra.

Pero la verdadera devoción a los ángeles debe ayudarnos también a amar mejor a nuestros hermanos. De poco serviría invocar a nuestro Ángel Custodio si después despreciamos a quienes caminan a nuestro lado. Los ángeles son servidores del amor divino; nosotros estamos llamados a convertirnos en instrumentos de ese mismo amor.

La samaritana llegó buscando agua y terminó anunciando a Jesús. Dejó su cántaro y fue al pueblo a compartir lo que había descubierto (cf. Jn 4, 28-29).

Quizás lo más hermoso de aquel encuentro no fue solamente que descubriera quién era Jesús, sino que comenzara a comprender cuánto la amaba Dios. Y cuando descubrió ese amor, sintió la necesidad de compartirlo.

También nosotros tenemos nuestros pozos: preocupaciones familiares, dificultades económicas, enfermedades y heridas que nadie conoce. Jesús nos espera allí, no para condenarnos, sino para enseñarnos a amar.

El mensaje de este domingo es sencillo: no podemos amar verdaderamente a Dios sin amar al prójimo.

Que el ejemplo del beato Markiewicz y la compañía de los santos ángeles nos ayuden a convertir el amor recibido de Dios en servicio, misericordia y esperanza para los demás. ¡Quién como Dios!