Juan Guzmán
Detrás de muchas personas de edad que vemos en las calles, con manos endurecidas y una mirada opaca, donde se dibuja el alma, existen historias cotidianas de resistencia.
Son retratos vivos que pueden servirnos como metáfora de miles de personas que, llegada la tercera edad, se encuentran con que la sociedad que ayudaron a construir las considera una carga desechable, prescindible.
Extraña paradoja de una modernidad tecnológica y de enormes avances científicos que, aun así, mira al que envejece como alguien que quedó atrás. Apartado del mercado laboral, con una pensión insuficiente en el mejor de los casos, se le roba con frecuencia hasta la posibilidad de decidir sobre su propia vida. Una sociedad obsesionada con la juventud, la productividad y la velocidad de sus dinámicas.
Hoy en día, en campos y barrios se asoman a la vejez hombres y mujeres de manos callosas, sin vivienda ni ingresos mínimos, sin acceso a medicamentos y con dificultades, incluso, para garantizar una escueta alimentación.
A pesar de todo, sorprende la dignidad y el coraje con el que muchos de estos «viejitos» enfrentan esas precariedades.
Rechazando convertirse en una carga o en sujeto de compasión, se levantan antes que el sol, trabajan cultivando la tierra, venden lo que pueden, reparan, pescan, caminan y buscan cada día la manera de llevar algo a su mesa.
Y no se trata de que su pobreza sea digna —la pobreza nunca debe ser romantizada—; es que, aun dentro de ella, cultivan una extraordinaria dignidad: ¡la de no rendirse nunca!
Muchos mayores conocen lo que ninguna tecnología puede reemplazar con facilidad: aprendieron a reparar antes que a desechar, a aprovechar cada recurso y aprendieron que, en épocas de prueba, sobrevivir es hacer algo útil con aquello que se tiene. Aprendizajes que hoy constituyen las bases del moderno concepto de emprendimiento.
El hombre de la imagen se enfrenta a un río embravecido. Su embarcación frágil, no dispone de aperos costosos, pero sí de experiencia, voluntad y temple. Sus brazos sostienen el remo y, detrás de ese esfuerzo, hay toda una vida aprendiendo a mantenerse en pie cuando las circunstancias han empujado en sentido contrario.
Así viven muchos de nuestros mayores. Remando día a día contra la enfermedad, el abandono y la indiferencia de una sociedad o de una familia que olvidó cuánto les debe.
Ese hombre sobre el río representa la voluntad humana de avanzar, aun cuando la corriente sea más fuerte que las propias fuerzas.
Una de las lecciones que están dejando muchos al envejecer es: que vivir no siempre consistió en navegar aguas tranquilas, como con frecuencia nos vende la modernidad. A veces hay que aferrarse a los troncos, tomar el remo y seguir adelante.
¿Por demostración orgullosa? ¡No! Es porque, mientras haya dignidad, siempre habrá una razón para seguir remando.




