William Arias
Hace unos días, nuestro Presidente orondamente proclamaba que hemos entrado a la órbita de los países con “Hambre cero”, esta es una categorización que la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), da a los países que reducen la proporción de personas que padecen subalimentación crónica a menos de 2.5%.
Esto no quiere decir que ya no exista ninguna persona que padezca hambre o pobreza, todavía hay gente entre nosotros que tiene su dificultad en estos renglones, pero en comparación con años atrás, hay que reconocer que las cosas han cambiado.
Económicamente, desde hace 25 años, la República Dominicana no es la misma. Hay un gran empuje en esta área del quehacer nacional y por todos lados vemos las diferencias, pues a nivel mundial estamos catalogados como una de las economías más pujantes de la región, pues hemos crecido en un 500%, la pobreza se ha reducido alrededor de un 50%, y la extrema, en un 75%. La esperanza de vida anda por los 74 años. Con éstos y otros números que se pudiesen citar, es indudable lo que ha ocurrido.
Ahora bien, no solo en ello han ayudado los últimos gobiernos que hemos tenido en estos 25 años, sino también, la decisión y emprendimiento de muchos grupos empresariales y hombres de negocios, junto a la buena inversión extranjera que ha llegado, unido al buen desempeño laboral y de preparación de nuestra gente en edad de trabajar.
Pero algunos sienten y perciben, que la gran bonanza económica no ha sido distribuida de una manera uniforme, que impacte en verdad en toda la población, por ejemplo: hay desigualdad a nivel de los ingresos, pues una parte de la riqueza generada se concentra en una porción pequeña de la población, donde hay familias con ingresos altos y otras apenas cubren sus necesidades.
Las provincias más importantes y las grandes ciudades tienen a nivel territorial más oportunidades que las demás. Aunque el acceso a la educación ha mejorado. Sin embargo, la calidad deja mucho que decir, pues la diferencia entre la educación pública y la privada sigue siendo abismal.
Y qué decir de la cobertura en el campo de la salud, sobre todo en lo concerniente a los seguros, donde hay muchas diferencias en cuanto a la calidad y rapidez en los servicios y la atención al paciente, carestía en los procesos y citatorios médicos, y sigue la gran diferencia entre quienes pueden acceder a los servicios privados y los que dependen únicamente del servicio público.
Todavía la informalidad laboral se mantiene, con ingresos inestables y sin los beneficios de la seguridad social.
En lo de la vivienda se ha avanzado, como en todo, pero la calidad de la arquitectura espacial del hogar, junto al hábitat, no es de lo mejor, y en muchos casos con precariedad en los servicios.
En cuanto al género, aunque las mujeres han aumentado su participación en la preparación profesional y en el trabajo, ellas siguen recibiendo menores ingresos que los hombres, y se le dificulta más llegar a estamentos de dirección ejecutiva.
Todo esto, unido a lo mucho que se invierte en burocracia gubernamental, corrupción administrativa y realización de obras, que sí son importantes, pero que no son tan prioritarias en el momento presente y ante otras necesidades más urgente, es lo que crea todo este panorama de desigualdad, frente a la gran oportunidad que ahora económicamente se nos presenta, y que debemos aprovechar, para la realización de esas tan anheladas EQUIDAD Y JUSTICIA SOCIAL que debe darse en nuestra sociedad dominicana.



