Marino Grullón

Para comprender mejor cómo y por qué ocurren los desastres naturales, y cómo prevenirlos, es necesario entender tres conceptos: amenaza, vulnerabilidad y riesgo. La misma lógica nos ayuda a entender la vida espiritual. Así como una edificación puede derrumbarse ante un sismo o un huracán, el ser humano puede experimentar crisis espirituales que afecten su relación con Dios, consigo mismo y con los demás.

En desastres naturales, la amenaza es el peligro de que ocurra un evento destructivo: un sismo, un huracán, una inundación, un deslave. Por sí sola, la amenaza no produce daño a menos que encuentre un lugar vulnerable, es decir, cuando las edificaciones o las personas están expuestas. Una edificación mal ubicada, sin estudio de suelo, sin un buen diseño, es vulnerable ante un evento natural.

El riesgo estará presente cuando la amenaza interactúe con la vulnerabilidad. Entonces aumenta la probabilidad de pérdidas humanas y materiales. Por eso, una edificación construida con materiales de mala calidad y sin normas sísmicas, tendrá un riesgo mucho mayor que otra bien planificada. La amenaza puede ser la misma, pero la vulnerabilidad marcará la diferencia.

Este mismo esquema se aplica a nuestra vida de fe. Desde esta perspectiva, este paralelismo nos invita a enfrentar los desafíos de la vida espiritual, con la misma o mayor seriedad con que enfrentamos los peligros de la naturaleza.

Hay amenaza espiritual cuando el entorno se vuelve permisivo con todo aquello que aparta al ser humano de Dios: tentaciones, malas compañías, falsas doctrinas, relativismo, cultura del descarte. La Palabra de Dios así nos lo advierte: “Sean sobrios y estén vigilantes. Su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar” (1 Pe 5, 8). Significa que la amenaza está latente para todos.

Nos volvemos vulnerables cuando, ante esa amenaza, abrimos la puerta. Sucede cuando vivimos como si Dios no existiera, sin límites morales, sin límites sociales, sin sentimientos de culpa, sin oración, sin sacramentos… Entonces aparece el riesgo espiritual: la probabilidad real de caer en pecado, de adormecer la fe o incluso de renegar de Dios. San Pablo nos lo recuerda con fuerza: “El que crea estar firme, tenga cuidado de no caer” (1 Cor 10, 12).

Lo esperanzador es que la amenaza espiritual, por sí sola, no nos destruye. El problema es cuando estamos vulnerables. Del mismo modo que un sismo no derriba una edificación bien diseñada y construida, la tentación no vence a un corazón con sus cimientos puestos en Cristo. Pero si el corazón está construido en “suelo inestable”, cualquier prueba lo “agrieta” o lo “derrumba”.

En cuanto al riesgo espiritual, crece cuando permitimos que el pecado anide en el corazón, sin procurar levantarnos, reconciliarnos ni volver al estado de gracia.

En conclusión. Tanto en lo natural como en lo espiritual, no siempre podremos eliminar la amenaza. Pero sí podemos trabajar para reducir la vulnerabilidad. En lo material, no podemos evitar un sismo o un huracán, pero sí podemos diseñar y construir siguiendo las normas establecidas, con buenos materiales y educar para la prevención, para preservar vidas.

En lo espiritual, no podemos evitar las tentaciones. Pero sí podemos evitar caer en ellas, fortaleciendo nuestra relación con Dios. La oración diaria, la Eucaristía, la confesión frecuente, lalectura de la Palabra y una vida basada en valores cristianos ayudan a construir nuestro edificio espiritual. Ese es el mensaje de Jesús al final del Sermón de la Montaña: “Si uno escucha estas palabras mías y las pone en práctica, dirán de él: aquí tienen al hombre sabio y prudente que edificó su casa sobre roca… Pero dirán del que oye estas palabras mías y no las pone en práctica: aquí tienen a un tonto e imprudente que construyó su casa sobre arena…” (Mt 7, 24-27).

Que este paralelismo nos ayude a revisar cómo estamos construyendo nuestra vida. Porque la meta no es sólo sobrevivir a las tormentas, sino mantenernos vigilantes y en pie hasta alcanzar el regalo de la vida eterna.