Por Eduardo M. Barrios, S.j.
Primera parte
La vida de numerosas personas se caracteriza por la angustia existencial. Mucha gente vive muriéndose de miedo. Si la confianza floreciese en sus corazones, tendrían más paz; serían más felices.
I. CONFIANZA HUMANA
A nivel puramente natural, las relaciones humanas se hacen infernales cuando falta la confianza.
Aunque las malas noticias nos inviten a desconfiar de los humanos, sin embargo, no hay más remedio que vivir confiando en la gente. De lo contrario, no daríamos un paso en la vida. Por ejemplo, cuando uno viaja por una carretera, no piensa que los choferes en dirección contraria son suicidas que van a lanzarse contra uno. Si uno no confiara en ellos, mejor nunca salir en carro.
Otro ejemplo, cuando en la casa nos ponen la comida sobre la mesa, uno confía que no está dañada. Y así se podrían aducir muchos ejemplos que demuestran cómo la convivencia humana tiene que basarse necesariamente en la confianza. También paraliza a las personas la desconfianza en las propias cualidades. Hay personas inseguras. Creen que nada les puede salir bien. Los entendidos en deportes, por ejemplo, dicen que muchos deportistas rinden poco cuando dudan de su talento deportivo.
Alguien podría pensar que la confianza en sí mismo equivale a falta de humildad o a exceso de presunción. No necesariamente. La confianza en sí mismo es virtuosa cuando uno reconoce que las propias cualidades son dones de Dios.
II. CONFIANZA EN DIOS
La confianza en Dios se encuentra emparentada con la virtud teologal de la esperanza. Se podría decir que es como la flor y el fruto de la esperanza.
Santo Tomás de Aquino la define como “esperanza fortalecida por una sólida convicción”.
Se fundamenta en el crédito que se da a las promesas de Dios. Confía en Dios quien sabe que Dios siempre ha cumplido sus promesas. Esa fidelidad de Dios en el pasado garantiza que seguirá actuando igual en el futuro.
El creyente espera mucho en Dios, porque conoce las perfecciones divinas, especialmente su inconmensurable amor hacia nosotros, sus criaturas predilectas.
Dios ha querido revelarse como padre providente y bienhechor. Su divina providencia no puede menos que inspirarnos confianza.
Ya en el Antiguo Testamento el profeta Jeremías elogió la confianza en Dios con estas poéticas palabras: “Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia las corrientes sus raíces” (Jer. 17, 7-8). Un poco antes ha declarado “maldito” al que sólo confía en los recursos humanos “apartando su corazón del Señor” (Jer. 17,5).




