César Collado

Conocí a Monseñor Tobías en mi adolescencia, siendo párroco de la iglesia Nuestra Señora de Fátima, en El Ejido, Santiago. Pero mi historia con él no inicia desde el púlpito, sino desde el confesionario. Y fue allí donde, por primera vez, experimenté la presencia real de Dios. Después de confesarme sentí una liberación que no entendía. siendo apenas un adolescente. Entonces comprendí lo que significa un pastor con olor a oveja. Eso fue él. 

Monseñor no te hacía sentir culpable. Te escuchaba con los ojos de Cristo. Y cuando pronunciaba la absolución, uno sentía con el alma que no era él quien perdonaba… era Cristo mismo, a través de sus manos sacerdotales. Tú salías liviano, como si te quitaran una mochila de piedras. Liberador. Así era confesarme con Monseñor Tobías.

Él, durante más de 60 años, entregó su vida al sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo. Continuó así una trayectoria marcada por la entrega generosa, la disponibilidad pastoral y el amor a la Iglesia.

Monseñor Tobías fue un pastor incansable. Su corazón era de servicio, su sonrisa siempre dispuesta a acoger a quienes se acercaban. Amó profundamente a la Iglesia y vivió su ministerio con fidelidad y entrega ejemplares.

Tuve el honor y el privilegio de servir al lado de él en las visitas al Hospicio San Vicente de Paúl. Verlo con los abuelitos era ver el Evangelio sin palabras: se agachaba, tomaba sus manos arrugadas, les sonreía como si cada uno fuera el único. Allí entendí que su sacerdocio no era de discursos, era de presencia. De amor sin medida.

Tenía una virtud que pocos guardan: la memoria del corazón. Mantenía una especial cercanía con sus hermanos sacerdotes, atento a sus cumpleaños y aniversarios de ordenación. Estaba disponible para brindar ayuda, consejo y acompañamiento, tanto a sus compañeros en el ministerio como a los grupos apostólicos que solicitaban su apoyo.

Su existencia fue un constante don de sí mismo, marcada por una sensibilidad particular hacia los más necesitados y por una caridad discreta, sin ruido. En los últimos años de su vida residió en la Casa Sacerdotal de Matanzas, Santiago, compartiendo fraternalmente hasta que el Señor lo llamó a su presencia.

Misión cumplida, querido Padre y amigo. Confesor mío, confesor de tantos. Con gratitud por su fecundo ministerio, y el testimonio de una vida entregada, elevamos nuestra oración para que el Señor lo reciba en su Reino y le conceda el descanso y la paz que prometió a sus siervos fieles.

Descansa en paz, Monseñor Tobías. Ruega por nosotros.