Pentecostés y los carismas contemplativos en nuestro país

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Cuando uno escucha “Pentecostés”, piensa rápido en viento fuerte, lenguas de fuego, apóstoles predicando y gente hablando idiomas rarísimos. Y sí, todo eso está en Hechos 2. Pero hay algo que a veces se nos escapa: el Espíritu Santo no solo hace ruido… también crea silencio fecundo.

Porque entre los grandes carismas de la Iglesia, están esos hombres y mujeres que el Espíritu empuja no hacia las plazas, sino hacia el claustro. Personas que consagran la vida entera a la oración, la adoración, el silencio, el trabajo manual y la intercesión. Y aunque muchos no lo sepan, en República Dominicana hay más vida contemplativa de la que imaginamos.

Desde 1955, cuando llegaron las primeras Monjas Carmelitas a Santiago, el Espíritu no ha dejado de soplar. Luego vinieron las Clarisas Capuchinas en 1979, las Hermanas Salesas en Puerto Plata y más tarde en Higüey, las Carmelitas en Engombe, las Carmelitas Descalzas en Baní, las Carmelitas de Monción, las Hermanas Pobres de Santo Cerro, las Clarisas Capuchinas de San Pedro…

Y sí, también este pequeño rincón de montaña desde donde escribo: el Monasterio Cisterciense Santa María del Evangelio, único monasterio OCSO (Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia) masculino del Caribe.

Y lo hermoso es que el Espíritu sigue llamando. En pleno siglo XXI, en medio de TikTok, tapones y ansiedad colectiva, nacieron en 2022 las Discípulas Misioneras por la Santidad. Porque Dios todavía sigue encontrando corazones dispuestos.

Pentecostés nos recuerda algo importante: no todos los carismas hacen lo mismo, pero todos vienen del mismo Espíritu: Unos predican, otros enseñan, otros sirven y otros… oran. Oran cuando el país duerme, cuando alguien llora en un hospital, cuando una familia se rompe, cuando nadie más sabe qué hacer. Y aunque casi nunca salen en noticias, sostienen muchísimo más de lo que imaginamos.

Por eso, acercándose la Jornada Pro Orantibus, vale la pena volver la mirada hacia ellos, conocerlos, orar por ellos. Visitarles cuando sea posible, infórmate donde queda un monasterio y ve un día. Porque un pueblo que olvida a quienes oran… termina olvidando también cómo levantar los ojos al cielo.

Y créeme: si todavía hay una luz encendida en medio de tanta oscuridad, es porque el Espíritu Santo sigue soplando… incluso detrás de los muros de un monasterio.

Hasta un próximo encuentro 

Desde el monasterio.