VI Domingo de Pascua – Jn 14, 15-21

Jimmy Drabczak

¿Cuál es la necesidad más profunda del ser humano? Es la necesidad de relación, de presencia, de alguien. El corazón humano no fue creado para la soledad.

La vida de Édith Piaf lo muestra con fuerza. Desde niña fue abandonada por su madre, creció en medio de dificultades y alcanzó fama mundial. Tenía talento, éxito, reconocimiento… pero le faltaba lo esencial: el amor. Perdió a su hija, perdió al gran amor de su vida, el boxeador Marcel Cerdán, y al final de su existencia, destruida por el dolor, solo pudo dejar un consejo repetido tres veces: ama. Ama siempre.

Murió joven, pero parecía anciana. Porque la falta de amor envejece el alma.

Hermanos, esto nos revela algo profundo: la ausencia de una relación verdadera destruye al ser humano. Y, sin embargo, hoy Jesús nos dice en el Evangelio: “No los dejaré huérfanos, vendré a ustedes”.

Estas palabras no son solo consuelo, son una promesa real. Cristo no nos abandona. Su presencia llena la soledad del corazón. Y en esta presencia hay también un misterio silencioso que muchas veces olvidamos: Dios nos acompaña a través de sus ángeles.

Los ángeles no son solo figuras simbólicas. Son servidores de Dios que participan en su cercanía con nosotros. Custodian nuestra vida, nos acompañan en el camino y sostienen la experiencia de no estar solos. Cuando todo parece vacío, ellos permanecen como signo de la presencia de Dios.

Cuántas veces un enfermo, al tomar la mano de un ser querido, encuentra paz. Incluso en enfermedades como el Alzheimer, cuando la persona ya no puede hablar, sigue percibiendo la presencia. El ser humano necesita sentir que alguien está ahí. Pero también se puede estar sano y profundamente solo.

Se cuenta de una anciana en un hogar que recibía cartas de sus hijos. En realidad, ella misma las escribía para no sentir vergüenza ante los demás. Abría las cartas con alegría, fingiendo que alguien la recordaba. Qué dolor tan grande.

Por eso San Pedro nos dice: “Estén siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en ustedes”.

Si alguien me preguntara por qué creo en Jesús, respondería con sencillez: porque con Él nunca estoy solo.

Después de muchos años de sacerdocio, incluso en momentos difíciles, cuando entro en la oración, experimento su presencia. Y no solo la suya: también la compañía discreta de los ángeles que custodian el camino.

Ellos no hacen ruido, no buscan protagonismo, pero están. Protegen, orientan, sostienen. Aun cuando caminamos en oscuridad, cuando buscamos a tientas, podemos encontrar una mano. Esa mano es la de Cristo, y junto a Él, la presencia fiel de sus ángeles.

Por eso les deseo algo muy concreto: que cada día descubran que no están solos. Que aprendan a vivir en esa presencia. Que abran espacio a la oración, donde el cielo toca la tierra. Porque quien vive con Dios, acompañado por sus ángeles, nunca se siente huérfano.

Y esa es la esperanza que nadie nos podrá quitar.