Los profesionales de la denuncia profética

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Eduardo M. Barrios, S.J

ebarriossj@gmail.com

Quien lee la prensa o ve noticias por televisión se lleva la impresión de que el mundo se divide en dos categorías de personas abismalmente separadas. Por un lado los denunciantes; y por el otro los denunciados.

Los primeros denuncian las lacras que observan en los gobernantes y en los civiles. Critican actos de corrupción y de abusos en todas las esferas de la sociedad. Pero establecen neta

distinción entre nosotros, los buenos, y ellos, los malos.

No se prohíbe señalar los malos comportamientos. Se puede, y muchas veces se debe hacer como aporte al mejoramiento de las instituciones y las personas. Callar puede equivaler a aprobar, según aquello de que “el que calla otorga”.

Pero quien se atreva a denunciar, evite dárselas de inmaculado. Todos tenemos algo denunciable en nuestras vidas. Así lo sintió quien escribió una oración penitencial al comienzo del profeta Baruc. Se pide perdón por todas las categorías del pueblo, comenzando por “los reyes, gobernantes, sacerdotes y profetas; hemos pecado contra el Señor desoyendo sus palabras” (1,16-17). Esto mismo lo dijo mejor que nadie Jesucristo con su lapidaria frase: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7).

San Juan enseña que nos conviene reconocernos pecadores: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1Jn 1,8-9).

La humildad del denunciante se conoce por su tono y estilo. Nada de vociferar airado, sino expresarse con dominio de sus emociones y mostrando compasión hacia los que merecen corrección.

El profeta Isaías vislumbró que vendría un Mesías caracterizado por la mansedumbre: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad” (Is 42, 2-3).

De Moisés pudo escribirse que era “el hombre más humilde del mundo” (Núm. 12,3). Cuando sus hermanos Aarón y María murmuraron contra él, no reaccionó vengativo, sino todo lo contrario. Y como Dios castigó a María con lepra, Moiśes rezó por ella y logró su sanación.

El capítulo 32 del Éxodo narra una dramática historia de idolatría. El pueblo fundió un becerro de oro para adorarlo como a Dios. Cuando Moisés bajó del monte, se encendió su ira contra el pueblo. Pero se dominó y puso medios para que el pueblo se arrepintiera y alcanzase el perdón de Dios.

Resulta fácil detectar acciones censurables, problemas y defectos. Mucho más difícil, pero más necesario, es proponer soluciones. Se deben afrontar las situaciones censurables con espíritu constructivo.

Cabe preguntarse a quién toca alzar la voz denunciante. En términos generales habría que asignarles mayor responsabilidad a quienes están más obligados a velar por el bien de las comunidades. Pero nadie debe eximirse de cooperar con la justicia según sus posibilidades.

El secreto supremo para corregir casos de corrupción se encuentra en la caridad fraterna. Hay que odiar al pecado, pero amar al pecador. No demuestra caridad quien sólo exige castigo para los culpables. Eso es sanción puramente punitiva y vindicativa. Hay que mostrar caminos de rehabilitación.

No es secreto que tantas cárceles funcionan como escuelas de delincuencia. Es por eso que algunos países como Holanda sólo encarcelan a los delincuentes violentos. A los infractores de otra índole, como los adictos a drogas, se les envía a centros de rehabilitación con libertad limitada o parole.