Ysis Estrella Guzmán
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. (Mt 3,17)
En la Fiesta del Bautismo del Señor contemplamos un momento decisivo en la vida de Jesús. Al descender al Jordán, Él no necesitaba ser bautizado, pero quiso solidarizarse con la humanidad y abrir un camino nuevo. Allí, en medio del agua, se revela el misterio: el Hijo amado del Padre inicia públicamente su misión.
El Bautismo de Jesús ilumina también nuestro propio bautismo. No es un simple recuerdo del pasado ni un rito social. Es el comienzo de una vida nueva, marcada por la filiación divina. En el Bautismo, Dios nos llama hijos, nos regala su Espíritu y nos incorpora a la comunidad de la Iglesia. Desde ese día, nuestra vida queda unida para siempre a Cristo.
Escuchar al Padre decir: “Este es mi Hijo amado”, nos recuerda que también nosotros somos amados incondicionalmente. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier esfuerzo, está el amor de Dios que nos precede y nos sostiene. Vivir como bautizados significa caminar cada día desde esa certeza.
El Bautismo del Señor marca el paso de la Navidad al Tiempo Ordinario. Cristo deja la intimidad de Nazaret y sale al encuentro del mundo. Así también nosotros estamos llamados a pasar de la celebración a la misión, del templo a la vida diaria, llevando la luz recibida.
Pidamos la gracia de renovar nuestro compromiso bautismal. Que, conscientes de nuestra dignidad de hijos de Dios, vivamos con fe, coherencia y esperanza, siendo testigos del amor del Padre en medio del mundo.




