Legítimamente, todos aspiramos al éxito: poder vivir una vida digna, interactuar constructivamente con nuestros amigos y asociados, disfrutar del merecido descanso, crecer en formación y competencias, poder enfrentar las eventualidades de la vida con una cierta medida de seguridad.

¿No le resulta extraño, que si en esta tierra todos aspiramos al éxito, haya tanta gente, más de la mitad de la población, que viva en la pobreza? Es cierto que mucha gente pobre, no ahorra,  bebe, juega y cae en todo tipo de excesos. Usted se sorprenderá de la cantidad de gente inteligente y diplomada, que explica la pobreza solamente con los verbos citados. Rara es la persona que ve en las masas pobres, gentes machacadas por la vida por carecer de oportunidades y capacitación.

No he venido a ser servido, sino a servir.

En la  primera lectura de hoy (Isaías 53, 10 -11) vemos al Siervo de Dios, como un hombre machacado por la vida. El Siervo compartió la suerte de los malditos y de los excluidos.

En el Evangelio, encontramos a Santiago y Juan proponiéndole a Jesús: “concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” 

Jesús los alecciona: –Entre nosotros, es corriente que los jefes y “grandes” usen su poder para explotar y aprovecharse de los pequeños. Pero busquen otro tipo de grandeza. El que quiera ser grande y primero, de acuerdo a mi Evangelio,  que se ponga de último a servir todos, porque yo no he venido a que me sirvan, sino a servir y dar la vida para que otros puedan vivir.”

 ¿Cuántos nos matricularíamos en esta extraña  escuela de Jesús, Academia: ponte de último a servir?

Las mujeres y los hombres grandes han subido para servir. En los valles se destacan las palmas. En nuestra sociedad, la gente que ha servido. En cada corazón decente tienen una estatua.

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