La vida está en la sangre del cordero

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Jimmy Drabczak

El mensaje de un buen padre

Con el padre Bronislao Markiewicz sobre lo más importante de la vida

La vida está en la sangre del cordero

Los ángeles ante el misterio de la Eucaristía

Hay una realidad que muchas veces olvidamos al participar en la Santa Misa: no estamos solos ante el altar. Nuestra liturgia terrenal se une a la celestial, donde los ángeles adoran al Cordero que fue inmolado y vive para siempre. Mientras nosotros recibimos a Cristo en la Eucaristía, ellos contemplan su gloria y alaban eternamente su amor. Esta verdad adquiere especial profundidad al leer las enseñanzas del beato padre Bronislao Markiewicz, fundador de la Congregación de San Miguel Arcángel.

En sus Ejercicios espirituales, el padre Markiewicz reflexiona sobre «La prueba más grande del amor de Dios: la redención al precio de la Sangre». Afirma que Cristo habría podido redimir al mundo con una sola gota de su preciosísima Sangre, e incluso con una sola oración dirigida al Padre, porque cada acto del Hijo de Dios posee un valor infinito. ¿Por qué, entonces, aceptó tantos sufrimientos hasta morir en la cruz? 

El fundador ofrece una respuesta conmovedora: lo que habría sido suficiente para satisfacer la justicia divina parecía insuficiente para manifestarnos la inmensidad de su amor. Dios no necesitaba el sufrimiento de su Hijo para amarnos. Fue precisamente su amor infinito lo que llevó a Cristo a entregarse libremente por nuestra salvación.

En el Antiguo Testamento, Dios prohibía consumir sangre porque «la vida de la carne está en la sangre» (Lv 17,11). La sangre era considerada sagrada, porque la vida pertenece a Dios. Durante la primera Pascua, los israelitas marcaron con sangre de cordero las puertas de sus casas como signo de protección y liberación (cf. Ex 12,7-13). Aquella sangre anunciaba una realidad mayor: Jesucristo, verdadero Cordero de Dios. En la Última Cena, Jesús dijo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre de la Alianza» (cf. Mt 26,27-28).

Al entregarnos su Sangre, Cristo nos ofrece participar de su propia vida divina. Su sacrificio nos purifica, nos reconcilia con el Padre y nos abre el camino de la salvación.

La enseñanza bíblica sobre la sangre ha recibido diferentes interpretaciones. Los testigos de Jehová, han extendido la antigua prohibición de consumir sangre al ámbito de las transfusiones médicas. 

La Iglesia católica distingue entre aquella prohibición y los procedimientos médicos destinados a conservar la vida. Donar sangre para salvar a un enfermo puede ser un hermoso acto de caridad cristiana. Respetando siempre la dignidad y la conciencia de los demás, recordemos que proteger la vida humana es también honrar al Dios que nos la ha regalado.

El Apocalipsis presenta una escena maravillosa: innumerables ángeles rodean el trono celestial y proclaman la gloria del Cordero inmolado (cf. Ap 5,11-12). Esta adoración está íntimamente unida a nuestra celebración eucarística. Por eso, antes del Santo, Santo, Santo, unimos nuestras voces a las de los ángeles. 

Mientras nosotros recibimos sacramentalmente a Cristo en la Eucaristía, los ángeles gozan de su presencia en la gloria y lo contemplan cara a cara. Ellos no reciben la Comunión sacramental, pero participan espiritualmente de la vida de Cristo. Nosotros recibimos al mismo Señor que ellos adoran eternamente. Entre ellos contemplamos a San Miguel Arcángel, defensor del pueblo de Dios. ¡Cuánto cambiaría nuestra participación en la Misa si recordáramos que nuestra adoración se une a la de los ángeles!

El Apocalipsis afirma que los fieles vencieron al acusador «por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio» (Ap 12,11). San Miguel y sus ángeles combaten contra el dragón, pero la victoria definitiva sobre el mal pertenece a Cristo crucificado y resucitado. 

Por eso, nuestra confianza no debe apoyarse en el miedo al demonio, sino en el amor redentor de Jesús. La Sangre de Cristo no es una protección mágica. Es la Sangre de nuestra redención, cuyos frutos acogemos mediante la fe, los sacramentos y la vida en gracia.

El padre Markiewicz nos recuerda que el amor de Cristo exige una respuesta. No podemos recibir la Comunión y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. No podemos adorar al Cordero y conservar voluntariamente el odio o la falta de perdón. 

Los ángeles nos enseñan a adorar; Cristo nos enseña a entregarnos. Si Jesús derramó su Sangre para darnos vida, ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros para proteger y servir la vida de nuestros hermanos? 

Que cada Eucaristía transforme nuestra existencia en una ofrenda de amor y que, unidos a san Miguel y a todos los ángeles, proclamemos: ¡Quién como Dios!