Lo que esconde un cambio radical

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“La edad no es una barrera. Es una limitación que pones en tu mente”.  

Isabel Valerio Lora, MSc.   

Hoy te miras al espejo y no reconoces a quien ves. No es por las arrugas o las canas, es la pregunta de ¿cuándo me convertí en quien veo? y ¿A dónde se fue quién era? De repente tienes necesidad de operarte, cambiar de ropa y de color de pelo, hacerte ver 20 años menos, ir al gimnasio, como si castigando tu cuerpo se fuera a quitar el pánico por haber cambiado.

¿Qué hay detrás de querer un cambio físico total?

Suele ser algo más que  estética. Psicológicamente, es intentar resolver un conflicto interno con el bisturí, las ropas o con el tinte. 

El duelo por la identidad perdida. No extrañas tener 20 años menos, extrañas sentir que tenías un mundo por delante, que podías con todo. Aceptar la edad es aceptar que esa etapa terminó, y eso duele. Cambiar tu cuerpo es un intento inconsciente de traer esa etapa de vuelta.

Miedo a volverte invisible. Vivimos en una cultura que valora la juventud. Después de cierta edad, ya somos prioridad para nosotros mismos, no para otros. Un cambio radical es un grito para decirle al mundo que todavía estás aquí y que te incluyan.

Controlar algo cuando todo lo demás se descontrola: Si se tienen hijos se van, o si están es como si no existieran, quienes están a nuestro lado han cambiado, padres que ya partieron o si están, pronto se irán, un trabajo que está próximo a su fin y que no satisface, la inseguridad de un retiro incierto, y otras cosas que no puedes controlar. Ahí, te agarras de los cambios físicos, que es lo único en lo que puedes ejercer control.

La confusión de autoestima con apariencia: Quizás estás en automático, pensando que si te ves más joven, te sentirás joven, con seguridad y amor propio. Pero funciona al revés. La autoestima no sube porque te ves mejor; te ves mejor porque tu autoestima está mejor.

¿Cuándo es autocuidado y cuándo es una alerta?

Hacerte un pequeño cambio porque lo elegiste desde la calma y lo puedes pagar, es sano. Hacerte un cambio por presión externa, endeudándote, o pensando que si no lo haces nadie te va a querer, es una señal de alerta.

Pregúntate: ¿Quieres  verte mejor o quieres dejar de ser tú?

¿Este cambio que haces a tu apariencia es desde el amor y respeto que te tienes o es por desprecio?, ¿Qué esperas que pase después de este cambio que no está pasando ahora en tu vida?

Si la respuesta es que me vuelvan a incluir o a  querer, que mi pareja no me deje o que regrese, que no me tengan lástima, el problema no está en la cara. Está en una herida interna, que se puede ocultar momentáneamente con cambios externos, y que si no se trabaja puede comenzar a doler, y mucho.

¿Cómo reconciliarte con tu edad sin resignarte?

Aceptar la edad no es señal de abandono, falta de cuidados ni descuido. Es usar ropa y calzados adecuados a tu condición, que te hagan sentir bien. Escogiendo colores que te favorezcan y te gusten. Llevar el pelo siempre limpio y arreglado. Usar perfumes suaves a diario. Es parte de nuestro consentimiento.

Realiza controles médicos con frecuencia, aliméntate de forma sana y adaptada a tu salud, evita los excesos. Realizar ejercicios físicos, cuidar tu salud mental y emocional. Si te reúnes con familiares o amigos, por el amor de Dios, hablen de cosas agradables, no de problemas ni de dolores.

Si no te aceptas, si anhelas ese cambio físico o si estás decidida a hacerlo, busca ayuda de un profesional de salud mental.