Camino de preparación para la Gran Consagración a San Miguel Arcángel
Jimmy Drabczak
San Miguel Arcángel, consolador y guía de las almas hacia el cielo.
La vida del cristiano no termina con la muerte. Dios, que nos llamó a la existencia, tampoco nos abandona cuando llega el momento de partir de este mundo. Cristo, muerto y resucitado, ha vencido la muerte y nos ha abierto el camino hacia la vida eterna.
Dentro de esta esperanza, la tradición cristiana ha contemplado a San Miguel Arcángel como protector en el combate espiritual y acompañante de las almas en su camino hacia Dios.
Esta misión nunca debe entenderse separada de Jesucristo. Solo Cristo salva. San Miguel es servidor de la obra de Dios: acompaña, defiende e intercede siempre bajo su autoridad.
Una antigua tradición litúrgica expresa bellamente esta confianza. En el antiguo ofertorio de la Misa de difuntos se pedía que San Miguel, el santo abanderado, condujera las almas a la luz santa. Durante siglos, los cristianos lo han invocado al rezar por sus difuntos, confiando en su intercesión en el momento del paso hacia la eternidad.
Esta devoción nos recuerda también una verdad fundamental de nuestra fe: debemos rezar por nuestros difuntos. La comunión de los santos une a la Iglesia peregrina en la tierra con quienes ya gozan de Dios y con quienes todavía necesitan purificación.
La Iglesia recomienda especialmente ofrecer por ellos la Santa Misa, el mayor sufragio que podemos presentar. También podemos ofrecer nuestras oraciones, sacrificios y obras de caridad, confiándolo todo a la infinita misericordia de Dios.
Pero pensar en los difuntos nos lleva inevitablemente a pensar también en nuestra propia muerte. No para vivir con miedo, sino para aprender a vivir preparados.
Nadie conoce el día ni la hora. Por eso es hermoso recuperar una antigua práctica cristiana: pedir a Dios, por intercesión de San Miguel Arcángel, la gracia de una buena muerte. ¿Y qué significa una buena muerte? No significa necesariamente morir sin enfermedad o sufrimiento. Significa llegar a la última hora reconciliados con Dios, fortalecidos por los sacramentos, con el corazón en paz y confiados en la misericordia de Cristo.
En realidad, una buena muerte se prepara con una buena vida: rezando, perdonando, amando, sirviendo, recibiendo los sacramentos y permaneciendo unidos al Señor.
Para la reflexión
Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿estaría preparado para encontrarme con Dios? ¿Hay alguien a quien necesito perdonar? ¿Necesito reconciliarme con el Señor? ¿Estoy viviendo de tal manera que puedo esperar la eternidad con confianza? No esperemos a la última hora para acercarnos a Dios. Vivamos hoy preparados para la eternidad.
Oración
San Miguel Arcángel, acompáñame durante mi vida, defiéndeme en el combate espiritual y no me abandones en la hora de mi muerte. Alcánzame de Dios la gracia de perseverar en la fe, vivir reconciliado con Él y partir de este mundo confiado en la misericordia de Cristo. Condúceme siempre hacia el Señor, para que un día pueda contemplar su rostro y alabarlo eternamente. ¡Quién como Dios! Amén.
Propósito
Durante esta semana pediré cada día, por intercesión de San Miguel Arcángel, la gracia de una buena muerte para mí y para mis seres queridos.
Además, rezaré un misterio del Santo Rosario, contemplando la Anunciación del Señor, por todos los niños concebidos y por los que aún no han nacido, para que toda vida sea acogida como don de Dios y protegida desde su comienzo.




