Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Roncalli como nuncio tuvo que conocer nuevas tendencias teológicas y pastorales que influían en la Iglesia de Francia. Los dominicos de Le Saulchoir proponían una teología más interesada en iluminar las cuestiones actuales. Sus reflexiones teológicas sostenían a los curas obreros, sacerdotes insertos en el mundo laboral. Los jesuitas de Lyon-Fourvière divulgaban el pensamiento y la pastoral de los padres de la Iglesia.

Pío XII respiraba cada vez más en una atmósfera romana de “denuncia y sospecha” (Duffy, 1997: 267). “Con respecto al pensamiento ecuménico y a las nuevas tendencias teológicas, Pío XII demostró siempre una comprensión modesta” (Franzen,2009: 373, traducción ¡25ª edición alemana!).

La encíclica Humani Generis de Pío XII, del 12 de agosto de 1950, cayó como un rayo. Establecía directrices estrictas reaccionando ante tendencias teológicas, que causaban temor en Roma. 

Concretamente, la Santa Sede consideraba como necesario defender que la raza humana provenía de una sola pareja. Deseaba que la filosofía de Tomás de Aquino fuese la base privilegiada de la teología, por considerarla menos expuesta a los vaivenes de la historia y los énfasis del existencialismo. 

Señalaba al magisterio como el auténtico intérprete de la revelación divina, ante algunas interpretaciones que cuestionaban lecturas de la Biblia tradicionales.

Aunque la encíclica no citaba nombres, las órdenes religiosas la aplicaron a rajatabla. Por ejemplo, fueron separados de su valiosa docencia, profesores como los dominicos Marie-Dominique Chenu, Yves Congar y los jesuitas, Henri de Lubac, Jean Daniélou, Henry Bouillard. 

De Lubac vio sus obras retiradas de todas las casas de estudio de la Compañía de Jesús. Todos serían rehabilitados más tarde. Si Pío XII actuaba cada vez más como un “autócrata centralista” (Franzen), el futuro Juan XXIII les daba estos consejos a los católicos que trabajaban en la UNESCO: dialoguen con creyentes y no creyentes y todo tipo de convicciones religiosas, les amonestaba “Encuéntrense sin desconfianza, acérquense sin miedo, vayan en ayuda unos de otros sin componendas”.

Mons. Feltin, sucesor de Suhard lo recordaba así: “siempre amigable, comprensivo, buscaba allanar las dificultades, pero cuando hacía falta actuar no le faltaba ni resolución ni firmeza de carácter. Su bondad era fuerte, no fofa. Él podía ser sutil, perspicaz y percibir el largo plazo; pudiera dar muchos ejemplos de cómo se les escapaba a los que querían sujetarle para aprovecharse de él”. ¡Nada de simplón! (Cahill, 2002: 151).