Pedro Domínguez
En algunos, el Homo sapiens involucionó, al menos en un aspecto esencial que creíamos que, con los años, estaría nadando más en nuestro cerebro: el amor por la lectura. Parece que ahora tenemos mucho de Homo non legens, que en latín significa “el hombre que no lee”, combinado con otra especie que es consecuencia de la anterior: el Homo litteras scribere nesciens, que en nuestra misma lengua madre se traduce como “hombre que no sabe escribir”.
En enero pasado compartí con varios jóvenes universitarios. Como si fuese una osadía de mi parte, que así me lo dejaron saber con sus miradas, pregunté sobre los libros que habían leído. Salvo los obligatorios en las aulas, los cuales, si por asombro leyeron, tampoco habían entendido mucho, nadie había leído una obra completa. Es más, se ufanaban en competir para ver quién había leído menos, como si ser lector fuera una enfermedad contagiosa.
Lo siguiente también me obliga a pensar en el Homo litteras scribere nesciens. Cuando tengo actividades, suelo invitar a mis amigos unos quince días, para que los convidados se organicen y no tengan la poco convincente excusa de que no les avisaron con tiempo. Y siempre me ocurre lo mismo: si les llega mi invitación un lunes día 3, para la celebración un viernes día 14, varios se aparecen en el lugar un viernes 7; es decir, una semana antes de la establecida en la convocatoria.
Y, júrenlo, los despistados generalmente son personas estudiadas e inteligentes, que aun así tienen la caribeña manía de leer a medias, a retazos, como si cada palabra fuera su enemiga. Entre nosotros impera un miedo ancestral a llegar al punto final de libros, cuentos, noticias… Encontrarnos con ese pequeño signo de puntuación lo consideramos como entrar en la antesala del patíbulo, con una muerte sin posibilidad de revisión o perdón.
Pero, por igual, están los que tienen problemas al escribir, el Homo litteras scribere nesciens. Es imposible que, al menos en un soplo de duda, alguien no haya caído en el abismo de la mala ortografía o en descuidos en ocasiones imperdonables, como, por ejemplo, aquella vez que envié un mensaje de texto a un cliente con la intención de expresarle “estupendo”, pero el teclado me hizo una mala jugada y apareció “estúpido”, todo por no revisar antes. O aquella vez que en un artículo publicado antes de la aparición de los correctores, coloqué “reberso” en vez de “reverso”.
Dicen que la mejor manera de mantenerse joven es teniendo la menta activa; en consecuencia, una excelente forma de alejarnos de la vejez es no convertirnos en Homo nos legens ni en Homo litteras scribere nesciens.



