Cada nueva misión: una oportunidad para servir
Segunda parte
Padre Eduardo Núñez Collado
Es cierto que el sacerdote evangeliza a la comunidad. Sin embargo, yo también he sido evangelizado por las comunidades tanto como he intentado evangelizarlas. En este sentido, he aprendido de la paciencia de nuestros envejecientes, de la confianza de quienes viven momentos difíciles, de la generosidad de tantos colaboradores y del testimonio de personas sencillas que hacen del Evangelio un estilo de vida. Esas experiencias enriquecen el ministerio y ayudan a comprender que el pastor crece mientras acompaña a su rebaño.
Como pastor, he descubierto que la verdadera obediencia nunca empobrece al sacerdote, sino que, por el contrario, lo hace más libre. La promesa de obediencia que realizamos el día de nuestra ordenación no consiste únicamente en aceptar un cambio de destino. Es, sobre todo, la disponibilidad permanente para decirle al Señor: “Aquí estoy, envíame donde tu Iglesia me necesite”. Esa actitud es la que permite vivir cada nueva misión con serenidad, esperanza y confianza en la voluntad de Dios.
Entiendo que los fieles experimentan sentimientos encontrados cuando llega el momento de un traslado. Es natural que exista el deseo de que un sacerdote permanezca en una comunidad por muchos años, especialmente cuando se han construido lazos profundos de afecto y cercanía. Sin embargo, también es hermoso contemplar la ilusión con la que acogen a un nuevo pastor, confiados en que traerá un renovado impulso para la evangelización.
Sin embargo, todos debemos recordar que la parroquia pertenece a Cristo y no a un sacerdote en particular. Nosotros pasamos, la Iglesia permanece. El sacerdote no llega a comenzar una obra desde cero. Todos continuamos el trabajo que otros hermanos han iniciado: con humildad sembramos para que quienes vengan después puedan seguir edificando sobre la base de lo construido. Esa es la belleza de la comunión eclesial.
Por tales motivos, quisiera invitar a nuestros fieles a recibir con entusiasmo, apertura y espíritu de fe a los nuevos sacerdotes que el Arzobispo les envía. Acójanlos como se recibe a un hermano que viene en nombre de la Iglesia. Al mismo tiempo, acompañen con sus oraciones a quienes hemos sido enviados a otras comunidades. El mejor regalo que puede ofrecer una comunidad parroquial a un sacerdote es la oración para que continúe caminando con fidelidad al Evangelio.
A mis hermanos sacerdotes quiero expresarles mi gratitud por su disponibilidad y entrega generosa. Sé que detrás de cada traslado hay ilusiones, sacrificios, despedidas y nuevos comienzos. Pero también sé que cada misión constituye una oportunidad para renovar el entusiasmo del ministerio y recordar que hemos sido ordenados para servir en donde la Iglesia nos necesite.
Pidamos al Señor que bendiga abundantemente a todos los sacerdotes que reciben una nueva misión en nuestra Arquidiócesis de Santiago. Que el Espíritu Santo fortalezca su entrega, ilumine su ministerio y haga fecundo su servicio. Y que nunca perdamos de vista el ideal que tantas veces nos recordó el papa Francisco: ser pastores con olor a oveja, cercanos a la gente, humildes en el servicio y alegres en la misión, para que nuestras comunidades puedan reconocer siempre, en medio de nuestras limitaciones, la presencia del único y verdadero Buen Pastor: Jesucristo.

Pardre Guillermo Taveras
Padre Juan Abreu




