La Virgen María asunta al Cielo y los monjes Cistercienses

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Hay algo que llama la atención cuando uno comienza a conocer los monasterios cistercienses: Ana María aparece por todas partes. Nuestra Señora de… Santa María de… María Madre de… Y no es casualidad ni una estrategia de branding medieval. La relación viene desde el nacimiento mismo del Císter.

En 1098, san Roberto de Molesmes y sus compañeros abandonaron Molesmes buscando una vida monástica más sencilla y fiel a la Regla de San Benito. Llegaron al lugar llamado Cîteaux y allí levantaron el llamado Nuevo Monasterio. 

La propia tradición cisterciense explica que, porque sus padres habían procedido de Molesmes, dedicado a Santa María, decidieron que las iglesias cistercienses fueran igualmente dedicadas a María, Reina del cielo y de la tierra. 

Por eso no es extraño que la actual Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (OCSO) lo diga expresamente en sus constituciones: “Todas las iglesias de la Orden y todos los monjes están consagrados a la Bienaventurada Virgen María…” ; y la solemnidad de la Asunción, el 15 de agosto, es la fiesta patronal de la Orden.

Pero aquí hay algo todavía más bonito. Los cistercienses no consideran a María un adorno piadoso añadido a la vida monástica. La contemplan como Madre, modelo y signo de la Iglesia, aquella que recibió a Cristo, lo llevó en su seno, lo escuchó, lo siguió y permaneció junto a Él hasta la cruz. Y eso explica mucho del Císter, el monje quiere aprender precisamente eso: recibir la Palabra, guardarla en el corazón y dejar que Cristo tome forma en su vida.

Por eso san Bernardo, uno de los grandes maestros espirituales cistercienses, desarrolló una profunda espiritualidad mariana. Para él, María siempre conduce hacia Cristo, nunca lo sustituye. 

La solemnidad de la Asunción no celebra simplemente que María “fue llevada al cielo”, con este dogma, la Iglesia proclama que, terminado el curso de su vida terrena, María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. Es decir, una anticipación de aquello que Dios promete a quienes permanecen unidos a Cristo.

Para un cisterciense, esto tiene una fuerza especial. El monasterio puede parecer escondido, silencioso, incluso insignificante frente a un mundo que corre detrás de otras cosas. Pero María nos recuerda que lo escondido en Dios no está perdido.

Mientras las campanas de los monasterios cistercienses de todo el mundo sigan llamando a la oración, allí seguirá resonando la misma invitación: con María, buscar a Cristo; con Cristo, llegar al Padre.

Porque en el Císter, antes que aprender a ser grandes… aprendemos a decir como ella: “Hágase en mí según tu palabra”.

Hasta un próximo encuentro 

Desde el monasterio